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'Molly's Game', de Aaron Sorkin
'Molly's Game', de Aaron Sorkin
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Aaron Sorkin y el juego del Gran Capital

'Molly's Game', de Aaron Sorkin

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Jue, 4 Ene 2018

La red social, de David Fincher, Moneyball, de Bennette Miller, y Steve Jobs, de Danny Boyle, partían de guiones de Aaron Sorkin, en los tres casos basados en material literario previo, del mismo modo que lo hace en su ópera prima como director, Molly’s Game, la cual comparte con aquellas, además, girar alrededor de personajes y sucesos reales de la contemporaneidad norteamericana, cada una con una relevancia y un peso popular, y usarlos como elementos a partir de los cuales trazar una mirada más amplia hacia aspectos económicos y sociales. De hecho, Sorkin a la hora de componer las imágenes de su película, parece haber mirado a los tres cineastas que pusieron en escena sus guiones de una manera, cada uno con su estilo, muy personal, algo que conlleva que Molly’s Game posea una forma visual cambiante que comienza con muy buen pulso y acaba convirtiéndose en una película muy convencional y, por momentos, incluso vulgar.

Molly’s Game arranca de forma muy dinámica marcando, al menos, uno de los elementos característicos del resto de la película: la continua voz en off de Molly (una espléndida Jessica Chastain) quien modula las idas y venidas de la historia, tomando como base un presente en la ficción con su detención y el comienzo del juicio junto a su abogado, Charlie Jaffey (Idris Elba), y el recuento de su pasado hasta llegar a ese momento y ser conocida como ‘la princesa del juego’ después de haber sigo una promesa del esquí y haber sufrido una grave accidente que la impedirá seguir compitiendo. Con ese arranque Sorkin, además, también sitúa algunos temas del discurso que impregnará Molly’s Game a partir del fracaso deportivo individual como metáfora, o punto de partida, para crear un contexto en decadencia alrededor de algunos valores que, entendemos, intrínsecos a la sociedad norteamericana –y, extenderíamos, a la occidental-.

La idea de Sorkin es mostrar el proceso de anulación personal de Molly al introducirse en un juego, el neocapitalista, en el que, a pesar de todo, el última partida del juego es la ruina personal, no tanto a nivel económico, que también, sino ante todo moral y ético, a pesar de la cierta indulgencia final con respecto al personaje, a quien, partiendo de hechos reales, se absuelve mostrándola como una criatura del sistema, víctima del mismo, aunque partícipe al fin y al cabo de su juego. Sorkin intenta, en última instancia, dejar claro que por muy mal que haya hecho las cosas el personaje, hay otros estratos –el gran capital-, que lo hace todavía peor y quedan impunes. Siendo cierto desde cierto punto de vista, el final, no deja de ser ambiguo y algo irritante, aunque en gran medida se debe a la falta de pericia de Sorkin para mantener el ritmo y el nivel de la película tanto a cuestiones formales como discursivas.

Porque si bien presenta una primera parte notable en el que voz e imagen se conjugan en un todo, llega un momento en el que la película se vuelve más rutinaria, más agotadora en un uso desmedido de la palabra para explicarlo todo sobre unas imágenes que no dicen nada, convencionales y aburridas en general. Da la sensación de que a partir de un cierto momento importa más para Sorkin el discurso que la forma de narrarlo y mostrarlo en pantalla. En gran medida, podría decirse que su condición de guionista puede ocasionar que confíe más en los diálogos que en la imagen. Pero lo que consigue es que recordemos los trabajos de Fincher, Miller y Boyle, quienes tomaron como punto de partida los libretos de Sorkin para crear discursos visuales personales aunque no anulaban la clara presencia del guionista. Molly’s Game acaba careciendo de personalidad y lo deja todo en manos del guion y de los actores, especialmente Chastain, quien compone un magnífico personaje modulando bien su interpretación en cada momento, usando tanto la manera en que habla como su cuerpo como vehículo narrativo para dar habida cuenta de una mujer que dominó a grupos de hombres poderosos con su inteligencia y presencia. Al final, será víctima no tanto de su ambición como del juego al que, en verdad, estaba jugando y en el que es muy complicado ganar. Fue educada en todos los sentidos para introducirse en un sistema económico del que se prometía ganancias si se competía, si se era más fuerte y listo que el otro. Nadie al parecer aviso a Molly de las grandes pérdidas que tendría si conseguía cuestionarlo con su actividad.