Está el mundo del comercio, la restauración y el ocio muy preocupado con qué vender y a quién. Es lógico, su misión es llevarnos hasta su casa y atraparnos con su oferta. De la crisis, sostienen, también sale un nuevo consumidor que ellos creen conocer bien pues han tenido tiempo más que suficiente para sufrir y observar. También en este terreno se fragiliza la oferta tradicional de híper, súper, restaurantes, bares, discotecas…, como en el lado de lo político se agrieta el voto del partido tradicional. Este consumidor no es mayoritario pero si significativo y muy diferente al de antes en cuanto a gustos y apetencias.



El nuevo consumidor, ese que comprende la banda de los 20 y 35 años, es mayoritariamente urbano, ha decidido gastarse el poco o mucho dinero que puebla su bolsillo en viajar, como primera opción; comer, tapear, copear y reír en locales que han mutado del pasado, en segundo término, y, luego, hacer deporte. De otra parte, el otro gran segmento de población más deseada por el vendedor “de queso y emociones”, que diría el irrepetible Néstor Lujan, ese de prejubilados y abuelos aún sin cachaba, ha decidido (también porque necesidad, obliga, digo yo) apartar el cáliz que le conduce al colesterol, la diabetes (azúcar) y, en general, todo tipo de adiposidades. Tenemos, al fin,  un consumidor que  se cuida, que va descubriendo el producto ecológico, la comida sana, los llamados alimentos O y “acude aprobar todo producto nuevo de esta gama limpia con una facilidad desconocida hasta ahora en España”, según afirman numerosos fabricantes de productos y asociaciones profesionales del ramo.

No es extraño, pues, que en nuestras ciudades y poblaciones de tipo medio se programen centenares de actividades deportivo-lúdico-cultural-solidarias cada semana. Toda actividad en la que se mueva la pierna o se active cualquier tipo de maquina no contaminante que podamos imaginar ya se ha puesto en práctica; y si por causa misteriosa no ha cuajado en nuestro país, la buscamos en Nueva York o Sídney y hasta allí acudimos para  disfrutarla. El nuevo consumidor, ese que nuestra vanguardia digital llama genéricamente millennials, aunque abarca a numerosos colectivos de jóvenes, se ha descolgado para siempre del hotel con moqueta o el restaurante impoluto y lleno de perifollos;  es el primero en asomar su nariz reparadora, cuando la niebla de la crisis sólo ha empezado a perder densidad, y comienza a indicar que es lo que le gusta y lo que no.

Comer salud



Le apetece participar en carreras en su ciudad no menos de una vez al mes, salir a pedalear o ejercitarse en el pedestrismo y jadear con sus amigos o compañero/a en las calles, parques o gimnasios, y quedar para picotear e intercambiar cuentos y risas con los amigos en los locales que ellos, y la sagacidad de inversores profesionales del ocio, el ruido y la noche, acaban de poner de moda.

Son establecimientos decorados con avariciosos tonos barrocos que los abrazan con ese punto de sofisticación  que tanto hincha su ego tan joven  como prominente. Son recintos, asequibles todavía para el lujo que creen que se les ofrece, en los que domina lo que llaman comida sana y ecológica (healthy food), la de fusión y, especialmente, aquella que apodan Nikkei, o sea, japonesa, más peruana más imaginación y astucia. No faltan las hamburguesas, cada día más pequeñitas y pegadas a un relato que busca pedigrí, los bocadillos gourmet, la albondiguitas, el tataki de atún….

En los momentos más lobos de la crisis, en esos meses en que se desplomaban los negocios de los centros urbanos, los traspasos hundían su precio y los propietarios achicharrados ofrecían sus edificios como ganga, nuevos inversionistas (normalmente fondos y grandes gestoras inmobiliarias) se fueron haciendo con parte de esas propiedades que hoy, a calor del incipiente despegue del consumo, comienzan a mostrar su acierto. Son ejes urbanos completos, conjuntos de calles, incluso barrios enteros, los que empiezan a mudar la piel. El bar no muere pero ya no tendrá nunca más en la barra bandejas repletas de bacalao con tomate, ni  sonará la música suavona del hilo musical o esperpéntica de la Cadena Dial. Viene una mezcla de notas, un arrullo lamerón que te acaricia el oído y hasta roza el cuerpo, aunque no sabes bien con qué mano..

Si, estos nuevos consumidores parecen que destierran la grasa y los hidratos; comen menos y beben en menor cantidad pero se manifiestan igual de satisfechos que aquellos estudiantes universitarios hampones de los setenta. Tienen el inconveniente, claro, de su hibridación, pues nada de lo que ven, toman, oyen o sienten es puro y cierto, sino un mezcla de retales vistosos que ocultan su ayuno de esencia. No hay nada más que reparar en este tiempo-rayo que precisan para levantar los nuevos escenarios de los placeres: de un día para otro. Vamos, que son como las modernísimas instalaciones de los artistas: curiosos vacios.

José Nevado.