Ahora que el precio de la leche empuja de nuevo al conflicto público, pienso que nuestra relación con el alimento tibio y más blanco ha sido armoniosa y placentera sólo en la niñez, cuando las lecherías abrían junto a las cuadras y nuestras madres ahuyentaban las fiebres de malta a base de recocidos.

En aquellos años mi abuelo me llevaba hasta el cortijillo del Gangoso -una larga tabla de huerta junto a un regatón, con frutales y una cuadra de tres o cuatro vacas- cuando paria alguna de "sus marianelas". Salía yo de aquella cocinilla bien repleto de calostro y leche, y hasta de suero como postre. Si, en aquel tiempo también veíamos trepar a las cabras por los riscos del monte y sobraba leche de oveja en la primavera para hacer los quesos más sabrosos (y grasos) del mundo.

Pasado el lapso de la niñez con sus descubrimientos fabulosos tan continuos, la leche comenzó a parecerse a un conflicto. Los veterinarios de sanidad pusieron sus ojos vigilantes sobre las cántaras lecheras con el mismo afán escrutador que observaban las posibles triquinas del cerdo de matanza. Las tuberculosis, las brucelosis, las glosopedas vacunas eran enfermedades tan conocidas como el sarampión, las paperas o la gripe. Y todo se incendió definitivamente cuando entramos en el Mercado Común. Vamos, que la modernidad y la apertura les vino fatal a nuestros centenares de miles de vaqueros que, desde entonces, se baten en retirada como sucede en estos días cuando ganaderos, sus representantes y demás burocracias e intereses, andan de nuevo a leches con el mundo a propósito del precio de la leche.

Y no es nuevo, hasta cansino resulta pues se repiten demasiado. En realidad los ganaderos y agricultores europeos llevan en pie de guerra más de medio siglo. Después de cada batalla (muchas campales) reciben alguna ayuda o subvención de sus gobiernos y/o Bruselas, y se marchan a sus faenas hasta la próxima trifulca.

Así que pasen otros cincuenta años, el campo europeo con sus animales, o al menos el terruño español, será sólo un enorme rollo que dará cuenta de las miles de batallas que perdieron a golpe de subvención. Pues los actores principales de nuestro sector primario, junto con sus ministros y autoridades, sindicatos y nuestro aplauso por tradición, son una lenta equivocación que languidece a fuer de ser chupada por la sanguijuela de la atomización y el caramelo de las ayudas.

El mundo globalizado sólo quiere bodegas que inunden de vino blanco a países enteros y cargueros ciclópeos que entierren de patatas a todos los mercas del mundo. La vaqueros a destiempo y las gollerías que crecen en las vegas no caben en esos trasatlánticos gourmet. O se defienden como productos especiales o mueren entre las zarzas. Así, cuando a la leche europea se le quita la red protectora de la cuota láctea, sólo puede ordeñar quien esté preparado para endosarla a bajo precio. Y la vacada de Lugo no puede, de ahí que vocee su impotencia frente al hipermercado (por cierto, ¿porqué siempre se hacen las protestas frente a comercios de propiedad francesa? ¿no venden todos a parecido precio la leche y tantos otros productos?

En nuestro país, donde nace todo lo que plantemos, el erial avanza tan rápido como la torrentera en septiembre. Aguantan y crecen aquellos que se adelantaron cuando debían: Mondragón , Coren, Covap... y aquellos otros que fueron tan sabios que sólo vieron futuro en la innovación y la competencia a cara de perro.

¿Se acaba entonces la leche con un dedo de nata?. No, ocurre sólo que casi nadie la quiere: a medio mundo da flato. Aunque el vicioso de esa leche que dibuja bigotes tendrá que pagar por ella más de cuatro euros el litro. La obligación del ganadero, que ahora apedrea el aire de las plazas con sus voces, es encontrar ese cliente porque Papá Estado más pronto que tarde le cerrará la puerta de las ayudas.

Una de las salidas de ese agricultor o vaquero que quiere ser cabecita de ratón es convertir los caminos de España en escaparates de lo mejor, y convencer al nuevo consumidor de que pague más por lo que es más auténtico, de mayor calidad y se prepara con mayor esfuerzo y altas dosis de fantasía.