Un día antes de la comparecencia de la vicepresidenta en funciones, Carmen Calvo, en el Congreso, para explicar la crisis del Open Arms, Javier Ortega Smith participaba en una conferencia ultra en Buenos Aires. El diputado de Vox viajó a la tierra de la familia de su madre, que seguramente llegó a España como Dios manda, y no como estos nuevos indeseables que naufragan en el Mediterráneo.

Ya se le había visto el plumero cuando salió a la luz un vídeo en el que elogiaba a José Antonio Primo de Rivera. En aquel momento, él y su partido seguían negando la mayor y decían que de fascismo, nada. Que solo defendían la unidad de España, sus valores y la vida desde la concepción.

Pues poco ha tardado en volver a quedar en evidencia. En la tierra de sus ancestros, se ha unido al Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTYV), liderado por la abogada Victoria Villarruel. Este centro nació cuando se encontró la forma de que los responsables de la dictadura pagaran por sus crímenes en la cárcel, a pesar del indulto que les había regalado el ex presidente Carlos Saúl Menem. Tan atroz fue la acción de los golpistas, que no fue demasiado difícil encontrar crímenes por los que no habían sido juzgados y, por ende, por los que no habían sido indultados. Eso permitió que, por ejemplo, el principal responsable del golpe de estado, el genocida Jorge Rafael Videla, acabara sus días en prisión. Ante este panorama, el CELTYV se abonó al negacionismo de los crímenes perpetrados por la dictadura. No podían aceptar que los suyos, finalmente, fueran condenados otra vez.

Con ellos anda ahora el señor Ortega Smith. Como en la antigua fábula del escorpión, es su naturaleza. Aunque lo niegue una y otra vez, la realidad es terca y encuentra al diputado siempre del lado de la extrema derecha. Habría que preguntarle si se siente cómodo negando el hecho, juzgado y probado, de que durante la dictadura argentina hubo 30.000 desaparecidos. Lo increíble es que los negacionistas dicen que esa cifra es exagerada, y que solamente hubo unos pocos miles. Menudo consuelo.

Mientras tanto, Santiago Abascal, circunstancial portavoz del partido constitucionalista Vox, se quejaba del chantaje del Gobierno a la soberanía del pueblo italiano, por haber pedido que Italia cumpliera las leyes y abriera sus puertos. Es decir, se ponía del lado del ultraderechista ministro del Interior, Matteo Salvini. Utilizó su turno de palabra para exponer un discurso xenófobo, que ya no sorprende. Y eso que Vox había rechazado la comparecencia de Carmen Calvo, solo porque esta había sido pedida por Podemos.

Coqueteando con los simpatizantes de Videla, de Salvini y con un discurso ultra, si alguien todavía tenía alguna duda de por qué a Vox se lo ubica en la ultraderecha, ya debería haberla disipado.

Enric Sopena es Presidente Ad Meritum y fundador de ElPlural.com