Advertencia previa a cualquier que se escandalice por el título de este título. No soy su autor. Así titula un breve pero muy interesante epígrafe de su último libro el joven y ya muy prestigioso economista francés Thomas Piketty, Capital e ideología. Especialista en la economía de la desigualdad, o desigualdad de ingreso, Piketty alcanzó gran notoriedad internacional con su trabajo titulado El capital en el siglo XXI, un volumen con millones de ejemplares vendidos y, por consiguiente, criticado con dureza por muchos de sus colegas. Aquellas críticas son ahora muchísimo más numerosas entre los economistas partidarios del “procés”, porque la crítica que Thomas Pikkety hace del mismo, por razones estrictamente económicas pero con el añadido de consideraciones morales, es demoledora.

“Es extremadamente chocante -escribe Piketty en su último libro- comprobar que el nacionalismo catalán es mucho más acusado entre las categorías sociales más favorecidas que entre las más modestas”. Esta constatación, que se desprende de todos los estudios realizados al respecto desde hace ya años, sorprende a Piketty porque las revoluciones, incluso las revueltas -y el “procés” se presenta indistintamente de una u otra manera- suelen surgir de las clases más modestas, no de las más privilegiadas. En Cataluña se produce al revés de lo habitual. Es lo que Albert Soler Bufí refleja de manera tan inteligente en su libro Cansados de vivir bien, versión en castellano de su original Estàvem cansats de viure bé.

Lo que sorprende y extraña a Piketty es que, en Cataluña, el considerable crecimiento de la opción secesionista en estos últimos años, coincidiendo con el impacto de la primera crisis económica y financiera global en nuestro país, y por tanto con los drásticos recortes practicados en toda clase de políticas sociales, ha encontrado su principal y más sólida base en la clase media, no en los sectores más desfavorecidos. De ahí el provocador título que ha dado al breve epígrafe dedicado a tratar este fenómeno: “La trampa separatista y el síndrome catalán”.

En su libro Capital e ideología, Thomas Piketty explica, desde el gran rigor académico de quien se formó en la École Normale Superior de París, se doctoró en la London School of Economics y lleva casi veinte años siendo docente del Instituto de Tecnología de Massachusets, entre otras importantes instituciones internacionales, que la importancia del predominio en el “procés” de la clase media sobre los sectores más modestos se fundamenta en gran parte en el sistema de financiación autonómica existente en España. Piketty lo atribuye en concreto a que en España la base imponible del impuesto sobre la renta de las personas físicas haya quedado dividida a partes iguales entre el Estado y la comunidad autónoma, con todo cuanto esto comporta de perjuicio para la solidaridad. Piketty señala que los sistemas de financiación federales no tienen nada que ver con el sistema español, porque garantizan tanto la progresividad fiscal como la solidaridad entre los estados.

Thomas Piketty va mucho más allá en su crítica de “la trampa separatista y el síndrome catalán”. Carga una parte importante de esta responsabilidad en la Unión Europea (UE) y su modelo de desarrollo, al que atribuye que los sectores económicamente más poderosos del secesionismo catalán se planteen el reto de hacer de Cataluña algo así como un paraíso fiscal. Todo ello lleva a Piketty a considerar que la crisis provocada por el desafío separatista de Cataluña “se nos presenta como el síntoma de una Europa que descansa sobre una competitividad generalizada entre territorios y sobre una ausencia total de solidaridad fiscal, que contribuye a aumentar la lógica del “cada uno por su cuenta””.

Con estas reflexiones de Thomas Piketty, resultan mucho más comprensibles los airados ataques públicos de significados exponentes del secesionismo catalán, como Pilar Rahola, Josep Maria Mainat o Xavier Sala i Martín, contra los acuerdos sobre fiscalidad recientemente alcanzados por ERC y En Comú Podem, criticados también por destacados miembros de JxCat. Y es que “la pela és la pela”. O, lo que viene a ser lo mismo: “la trampa separatista y el síndrome catalán”.