Es increíble la resistencia del ser humano a ser razonable con las cosas de comer (y tantas otras, claro). Ante la mesa, el sentido común se esfuma casi siempre, dejando al hombre cual desmayada criatura conducida en exclusividad por sus apetitos. Sólo le detiene la saciedad máxima o el estiramiento peligroso de la cartera. Es por ello que los vendedores del crecepelo de las dietas alimenticias hacen sus agostos vendiendo libros o llenando consultas. Son legión los expertos en desinflar barrigas y decenas de millones las personas dispuestas a diluir celulitis. Si entramos en internet, observaremos que se anuncian, o asoman, múltiples métodos para adelgazar. La mayoría absurdos y enfrentados unos a otros: come carne, no comas; bebe agua, no bebas… Hay que ver las locuras que escriben sobre la maldad de las carnes, la pasión máxima por las verduras e inevitablemente, el sufrimiento y la angustia que transpiran estas prácticas. Todos los meses de enero, abril y septiembre los charlatanes de la dieta llenan sus consultas de buches inflamados, papadas prominentes y culos en cartuchera. Todos suplican lo mismo: quiero perder kilos.

De igual maná de indigestos se atestan los gimnasios (nuestras grandes ciudades tienen parecido número de estas instalaciones que Buenos Aires, la reina del aerobic y las ensaladas), las verdulerías y miles de tiendas de té e infusiones. La receta es: verduras, carreras e infusiones que te lleven al váter ocho o diez veces día por lo menos. O sea, se cambia la desmesura de ingerir cuarto kilo de queso, con sus correspondientes cañas, en el aperitivo, el arroz bien preñado de magro de cerdo, todo bien regado de rosado o tinto, y al final puesto a buen recaudo con doscientos gramos de tarta selva negra, por dos kilos de verdura (lechuga, tomate… sigan ustedes), medio kilo de jamón de york, mil infusiones meonas y ríos de sudor, con su correspondientes dolores articulares y de huesos, sobre la cinta. Todo, eso sí, por lasalud y el bienestar.
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