Los pueblos de hierro son aquellos que no se dejan cortejar por las corporaciones extranjeras. Las mismas multinacionales que buscan en las penurias del otro las causas de su riqueza. Es, precisamente, la dialéctica entre la sustentabilidad del Estado Fuerte y el ritual de conquista del Mercado omnipresente, la que somete a los pobres a comer eternamente las migajas que se desprenden del festín capitalista.  La reducción de la corrupción y el control interno sobre quién se beneficiará de los proyectos de desarrollo son los mecanismos indispensables para frenar la carrera a los caballos utilitaristas de la pobreza. El fortalecimiento de un Estado, dicen los recovecos históricos, no equivale a dictaduras militares sino a la empatía de las élites con las angustias civiles. Solamente a través del intercambio de roles entre Sanchos y Quijotes, los pueblos consiguen vencer los obstáculos que se interponen en sus sendas decisorias.

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