Pablo Iglesias ha dicho: “Vamos a necesitar entendernos con el  PSOE. Y mi partido  cometería un error, si cayera en  la tentación de lanzarse sobre el PSOE, como  ave rapaz". Este mensaje  del líder de Podemos a la ciudadanía es, sobre todo, una exhibición de sentido común, llevada a cabo y a toda velocidad posible.

En este caso, urge hacerlo así, porque es evidente que para ambos partidos -y para la mayoría de la  gente-  sería muy conveniente que se coordinaran PSOE y Podemos, y cuanto más  pronto, mejor. Ocurre, sin embargo, que Iglesias ha demostrado  -desde que comenzó a salir a la palestra- que su rumbo no parecía ser sólido en absoluto. Un día decía una cosa y al día siguiente, la contraria.

Pero esto es lo que hay. Es verdad que aterrizó en la política, creyéndose que era una especie de emperador, por encima de todos los humanos.  Estaba dispuesto, desde luego, a comerse al PSOE, por cierto a punto casi de morir durante las  batallas internas, que son las peores.

Pues bien, debería Pablo Iglesias recordar, y pedir perdón, cuando  le dio por humillar públicamente a Pedro Sánchez. Poco después de tan desagradable asunto, quien cargó contra Sánchez fue Felipe González. Y también lo hizo Felipe el otro día, respecto a José Luís Rodríguez Zapatero, vencedor rozando la victoria absoluta, poco después de que estallara  la crisis.

En fin, lo más importante es que la izquierda política, tan rota en bastantes países,  pueda encontrar puentes que le conduzcan a fortalecer el Estado del Bienestar. Eso que no quieren ni ver tipos brutales como Trump,  un multimillonario de la extrema derecha sin alma.