La llegada de Francisco ha supuesto aire fresco en El Vaticano y ha levantado muchas expectativas. También entre aquellos que aunque no tengan fe, han sido educados en el catolicismo y no tienen nada en contra de la religión, pero no les agrada ver a una Iglesia llevando bajo palio al poderoso y señalando siempre al dedo antes que la luna.

Obviamente es una figura adaptada a los tiempos. El escritor y filósofo Umberto Eco, bastante ducho en comunicación, ha presentado a Bergoglio como “un hombre moderno, el Papa de Internet” aunque no use ordenadores, aludiendo así a su capacidad de hacer llegar el mensaje. “Es el Papa del mundo de la globalización”, ha insistido. Subrayaba así que viene de Latinoamérica y no de Europa, así como la capacidad de transmitir con sus pequeños gestos. Admito que no me sentí impresionado por sus maratones iniciales lavando pies como ortodoxo gesto ritual de sencillez y humildad, y tampoco por otros posteriores más actualizados y de más amplio espectro, como su comentado coche cuatro latas. Pero como a muchos, sí me han sorprendido algunas de sus declaraciones y soy una de esas víctimas del efecto Francisco.

La primera entrevista en la que sembró perplejidades fue aquella en La Civiltá Cattolica en la que alertó de que “no podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos”. Y por mucho que sea jesuita y ya hubiera achacado la actual crisis al neoliberalismo, desencajó mandíbulas con su charla con el ateo director de La Repubblica con aquello de que conocer el comunismo le había acercado a la doctrina social de la Iglesia, hablando de la curia en términos no muy amables o bromeando con que se vuelve “anticlerical” ante un clerical. Hasta los jesuitas españoles ironizan con la posibilidad de que el Papa necesite chaleco antibalas.

“Si es una campaña de marketing, es muy buena”, apuntaba estos días el rockero argentino Andrés Calamaro sobre la irrupción papal, en parte expresando un extendido y lógico escepticismo. Pero los mensajes están ahí y el desconcierto en parte de la Iglesia también, ¿cómo no va a ser así en una España dónde Rouco monta cada Navidad una macro-concentración para hablar de persecución a la familia católica por el aborto y el matrimonio homosexual? Desde la COPE insistieron en que Francisco tiene su “estilo” pero no va a suponer ninguna ruptura doctrinal. Faltaba más, no va a oficiar bodas gays. Pero el diablo está en los detalles. Si las prioridades cambian, ¿qué será de la cita de Colón, en cualquier caso ya declinante desde que gobierna Rajoy y las familias se persiguen por lo visto un poco menos?

Una señal para la desconfianza la han activado desde el propio equipo vaticano de prensa, insistiendo en que la entrevista a La Reppublica no era literal y contenía algún error. Reconocen que Francisco la supervisó personalmente pero ponen en duda si lo hizo con atención. Algunas cabeceras católicos hablan directamente de “tergiversación” de los medios. Una cuarentena en toda regla al discurso. Para los creyentes ansiosos de un giro, ha llegado Francisco. Para los reaccionarios de siempre anclados en la entrepierna y ajenos a las crecientes desigualdades, da igual lo que diga porque los medios manipulan.

A escasos metros de Francisco vive un Papa honorífico, Benedicto XVI. La posibilidad de dos mensajes. No es que El Vaticano sea bicéfalo, es que tiene lengua bífida, por lo menos. Porque hay más voces, las del pasado inmediato también valen. El cardenal Timothy Dolan, arzobispo de Nueva York y presidente de la Conferencia Episcopal de EEUU, que sonó como papable en el último cónclave, ha explicado cómo en la Iglesia pueden tener cabida diferentes perspectivas: “Cada uno de los tres últimos Papas ha tenido un énfasis diferente pero complementario, destacando diferentes aspectos de los fieles y la Iglesia”. Según Dolan, cada uno de los tres Papas “tiene talentos particulares”: Juan Pablo II se enfocaba “en el alma”, Benedicto XVI “en la mente” y ahora Francisco “en el corazón”.

¿Pero en qué momento tirará el corazón, el alma, o la mente? ¿Al gusto del consumidor? ¿Se podrá invocar a uno u otro según convenga? Juan Pablo II se centró en su cruzada contra el comunismo, Benedicto XVI amplió el campo de acción en una lucha más conceptual y sesuda contra el “relativismo” –lo cual no deja de ser una sangrante paradoja con los mensajes equívocos que están emitiendo ahora- y Francisco está por ver. ¿Será el Papa social por el mundo y en Europa el los 'anticlericales'? Ha emprendido las reformas de la banca vaticana y de la curia -en parte ya previstas por su antecesor- pero su labor básica se articula con el mensaje, y éste ya está siendo desactivado en parte. Umberto Eco dice que para ver si Francisco supone alguna revolución hay que esperar un siglo. Pero en el mundo de inmediatez que vivimos las revoluciones también han cambiado y si de verdad lo son –como la que montó Wojtyla secundando eso sí a Reagan y Thatcher- tienen unos efectos bien rápidos y constatables en su propio tiempo.

Sergio Colado es redactor de ELPLURAL.COM
Blog Disidentes 6.0
En Twitter es @sergiocolado