Pero el deseo apremiante por el cambio no puede llevarnos al error de cambiar por cambiar, para acabar no cambiando nada importante. Y de ahí a la frustración por la falta de resultados. Hace falta un cambio, sí, pero un cambio inteligente. No se trata de colgarnos del péndulo, para decir A donde antes decíamos B, y a la inversa. Tampoco es aconsejable el volantazo brusco, a la izquierda o a la derecha, sin tener muy claro el destino.

Seguir leyendo en el blog de Rafael Simancas