Se desconoce hasta qué punto Pedro Sánchez está dispuesto a forzar la situación en busca de un acuerdo con Unidas Podemos. Se supone, eso seguro, que conoce el grado de inquietud de los ciudadanos ante su futuro político, así como el hastío que ha creado la actual situación. Pero el tiempo se agota y el desenlace se escribirá dentro de pocos días.

Sánchez ha demostrado que sus batallas políticas son de largo recorrido. Cuando diecisiete miembros de su Ejecutiva le presentaron la dimisión para forzar su renuncia como dirigente máximo del PSOE, tras algunas dudas, no muchas, puso en marcha una estrategia para recuperar el poder en el Partido Socialista y lo consiguió. Contra todo pronóstico, forzó con éxito la moción de censura contra Mariano Rajoy y la logró.

Después de su rotunda victoria electoral del pasado 28 de abril y de la primera investidura fallida, Sánchez ha de tener diseñada una estrategia que contemple las diversas alternativas que tiene abiertas. De lo contrario, habría dilapidado su principal habilidad política, superar las situaciones más adversas.

Los secretarios generales de CC.OO y UGT, Unai Sordo y Pepe Alvarez, expresaron el sábado, en una entrevista, su preocupación. Decían que “una nueva convocatoria electoral es un escenario indeseable porque la sociedad española ya ha hablado democráticamente y ha determinado una correlación de fuerzas”.

Es imprescindible un último esfuerzo para dar satisfacción a los votos que recibieron el 28 de abril.

Si forzar la máquina hasta la convocatoria de unas nuevas elecciones generales es su  opción preferida, dada la testarudez de los morados, será porque los sondeos sobre intención de voto, que su equipo consulta con avidez le resultan positivos. Si, por el contrario, Pedro Sánchez opta por intentar una nueva investidura será porque en el segundo turno de votación de la investidura, cuenta con que los síes superarán a los noes. Mientras no se descubran las últimas intenciones del Presidente, habrá que seguir atentos a los movimientos de sus adversarios.

Ciudadanos, el partido que nació con la intención de liderar el centro, se descompone sin tregua. Los abandonos de figuras de primer nivel que no entienden el muro que Albert Rivera ha levantado para no ser contaminado por los socialistas, y su desmesurado apego a la derecha cada vez más extrema, son una buena muestra. Además no hay más que ver cómo funciona en el día a día un gobierno nacido de la alianza entre PP, Ciudadanos y Vox en el Ayuntamiento de Madrid. Ya ha anulado un cartel de fiestas de barrio por mencionar la violencia machista, o en el caso de la Comunidad autónoma madrileña, ha suprimido la Dirección de la Mujer para dar gusto a la ultraderecha, etiquetándola “Dirección de Igualdad”. O cómo en Zaragoza, PP y Ciudadanos han revocado el cambio de nombres del callejero de personajes franquistas, incumpliendo lo dispuesto por la Ley de Memoria Histórica.

Quedan pendientes de aclaración los motivos más profundos que enfrentan a PSOE y Unidas Podemos, pero es imprescindible un último esfuerzo para dar satisfacción a los votos que recibieron el 28 de abril. Como progresistas, deberían evitar la repetición de políticas que traigan medidas que no tengan como prioridad el bienestar de los ciudadanos. Necesitamos ya un nuevo Gobierno.