Por fin. España acepta admitir a algo más de un diez por ciento de los 147 pasajeros que siguen a bordo del Open Arms, una vez que Francia ha encabezado la búsqueda para solucionar el drama que se vive en el Mediterráneo. Solución a la que se ha sumado Alemania y España.

Se trata de que los socios europeos admitan a los ocupantes del barco, y de otro más de Médicos sin Fronteras, que ha recogido a otras 350 personas a la deriva.  El Open Arms tiene bandera española, circunstancia que ha pesado en la decisión del ejecutivo de Pedro Sánchez.

Según parece, el ministro de Interior, Grande Marlaska, protestó por la insolidaridad de Italia y la situación de España, al hacerse cargo de tantas llegadas a costas españolas sin ayuda alguna. 

Pero, sobre todo, ha pesado la gran tragedia que están viviendo los migrantes rescatados en el mar y la presión de la sociedad civil, de los Ayuntamientos, que se han ofrecido a dar cabida a esas personas que, de lo contrario, se hubiera tragado el Mediterráneo.

Frente al rechazo a que los barcos de las ONG entraran en aguas jurisdiccionales italianas por la obstinación del ultraderechista vicepresidente y ministro de Interior de Italia Matteo Salvini, el Tribunal Administrativo Regional del Lacio dictaminó en favor del Open Arms a fin de proporcionar en tierra asistencia médica inmediata a los rescatados.

En Europa y en España se ha seguido con angustia el drama y la actitud intransigente e intolerable del político italiano, así como la tibieza de la Unión Europea, incluida la del presidente español en funciones. Y esto, cuando las cifras de llegadas irregulares a la UE en el primer semestre de 2019 han caído en un treinta por ciento, en relación al año anterior, según los datos de la Agencia Europea de Fronteras.

La Comisión española de ayuda al refugiado (CEAR) apuntaba el miércoles en una carta dirigida a Pedro Sánchez: “Cada desembarco no puede convertirse en un pulso entre Estados para ver quién cierra más férreamente sus fronteras. España no debe participar en ese juego”. Tienen toda la razón. Urge una solución común europea de actuación en los países de origen y un criterio compartido de auxilio.

Pedro Sánchez, esta vez, ha tardado demasiado.

Hablamos de ciudadanos que se han echado al mar Mediterráneo a causa de situaciones límite, que es doloroso siquiera imaginar.

Solo unos barcos, guerreros a contracorriente, les recogen y además nos avergüenzan por inaplicar el propio Derecho Internacional del Mar. Los Ejecutivos que se niegan a actuar como dicta la ley, ni siquiera a interceder, son el exponente de cómo se priva a muchos de las normas más básicas de protección al ser humano, de las que abdican descaradamente. 

Pedro Sánchez obró correctamente en el caso del Aquarius; algo que emocionó la mayoría. Pero esta vez, que ha tardado demasiado, ha sido un alivio saber que finalmente acogerá a un porcentaje de esas víctimas. Más tarde, deberá buscar otras soluciones. De no hacerlo, los náufragos seríamos nosotros: Náufragos de equidad, de compasión y de humanidad. Y ante tantas carencias, no tendremos salvación.