Me habría encantado que mi primer artículo de este año fuera un dechado de optimismo, pero no ha podido ser. La medianoche del 31 de diciembre, mientras sonaban las doce campanadas, me traicionó el subconsciente y rememoré ciertos nombres que de niño escuchaba en los informativos del franquismo: López Bravo, Juan José Espinosa, López Rodó, Alberto Ullastres, todos ellos miembros del Opus Dei. Regresé al presente y pensé en Pedro Morenés (hombre muy religioso y próximo al Opus), Jorge Fernández Díaz (miembro supernumerario de la obra y, entre otras lindezas, partidario de que el Valle de los Caídos se equipare con el cementerio de la Playa de Normandía), Ana Mato (supernumeraria de la organización y obsesionada con una ley de aborto más dura), José Manuel García-Margallo y Ana Pastor (numerario y supernumeraria respectivamente) y ya por último Fátima Báñez la devota que aun confía que Virgen del Rocío nos saque de la crisis.


En pleno tránsito de 2013 a 2014, mientras millones de españoles aparcaban su precariedad y brindaban por el nuevo año, a mi me dolía que con tantas necesidades como nos acucian (malnutrición infantil in crescendo, millones de españoles bajo el umbral de la pobreza, cifras astronómicas de desempleo, desmantelamiento del estado de bienestar y renacimiento de una nueva generación de pobres) ciertos ministros se dediquen a futilidades como imponer la religión en las aulas o a legislar contra el aborto según les dicta su moral y en perjuicio de la mayoría.



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