No hubo sorpresas. Mariano Rajoy Brey ha sido investido presidente del Gobierno y el jueves anunciará su equipo. Incorporará a sus preferidos, premiará a los fieles y decidirá su estrategia para acabar de golpear al PSOE. Si  las cosas no le salen bien, convocará nuevas elecciones. La abstención socialista le ha facilitado el desenlace. 

Pretendía dejar al PSOE  en una posición incómoda,  por su izquierda y por su derecha, y lo ha conseguido, aunque, no se olvide, ese partido superó trances muy severos y además Pedro Sánchez comienza este lunes su lucha por recuperar el poder perdido.

Según sea la evolución del Partido Socialista, quedará determinado el espacio a ocupar de ahora en adelante. No le será fácil a Podemos seguir acusando a la formación  que dirigía Pedro Sánchez de haber hecho una coalición a tres bandas, junto con PP y Ciudadanos. Una calumnia más.

Ser un partido de izquierdas no solo implica exhibir  símbolos, lemas, o siglas -que algunos militantes desdeñan-, si no defender con uñas y dientes en los momentos más trascendentales, posiciones  que coincidan con los que verdaderamente quieren un cambio.

La abstención mayoritaria de los desolados diputados socialistas, que ha beneficiado a Rajoy, obliga a preguntar qué objetivos comparten con el PP. En manos está del grupo parlamentario del PSOE evitar que la nueva legislatura se convierta en una balsa de aceite. Sus militantes no lo tolerarían.

Es por esto último, que el paso a un lado y también hacia adelante que ha dado Pedro Sánchez puede acabar resultando útil para para el PSOE, si consigue frenar la  sangría de votos. Su próximo congreso  extraordinario debe decidir el rumbo del partido porque, me temo, el nuevo escenario político esbozado en el Congreso de los Diputados ha venido para quedarse.