En estos tiempos en que las redes sociales todo lo registran, y la sátira política está a la orden del día con El Intermedio a la cabeza, sería muy raro encontrar algún detalle que se haya escapado del debate de investidura de Mariano Rajoy. Pero, a posteriori y con relajación, me gustaría comentar, como un homenaje a Lo que el ojo no ve, algunos momentos que quizás pasaron desapercibidos en el frenético sábado que vivimos este fin de semana.

Empecemos por el principio, con la renuncia de Pedro Sánchez a su acta de diputado para no ponerse en la tesitura de desobedecer a un Comité Federal que espera volver a controlar dentro de poco. Muchos se quedaron con las lágrimas del ex secretario general, pero hubo otro gesto captado después por las cámaras de La Sexta que seguro que no fue improvisado y que dice mucho: la salida de Sánchez del Congreso.

Salió por el parking, conduciendo él mismo su propio coche, el mismo con el que se supone que recorrerá “cada rincón de España”, como anunció minutos antes. Y no hablamos de un vehículo de alta gama, sino de un Peugeot 407: un coche familiar que incluso llevaba la baca instalada, quizás en previsión del road trip que se le viene encima. La imagen contrasta con una de las últimas que teníamos de él, saliendo del Comité Federal sangriento del 1 de octubre. Pese a que entonces iba en un coche oficial y conducido por chófer, aquella imagen era la de la derrota, mientras que la del Peugeot 407 era la de un militante de base que resurgía de sus cenizas.

Otra imagen, la de los diputados de Podemos rodeando al portavoz de Ciudadanos, José Manuel Villegas, después de que les acusara de ser “amigos de los terroristas”. La fotografía les hace a todos un flaco favor si se le considera un icono de la “nueva política”. Al igual que el discurso de Gabriel Rufián, otro diputado revelación, contra el PSOE.

Sin embargo, y por mucho que lo repita Albert Rivera, la nueva política no sólo consiste en entendimiento y acuerdos. Sobre todo, si los acuerdos son cambalaches como el realizado el PSOE con la abstención que ha permitido un nuevo gobierno de Mariano Rajoy. Seguro que los ciudadanos prefieren las cosas claras, por mucho que se usen palabras gruesas para definirlas, que la traición al voto dado.

Y, por último, la repetición hasta la saciedad de que por fin va a gobernar “el partido más votado”. El argumento lo utilizaron los portavoces de UPN y Foro Asturias, en un peloteo incansable al PP. Pero lo usó sobre todo el mayor interesado, el propio Rajoy, que vio cómo se sentaba precedente de su burla al parlamentarismo.

El sábado, al convertirse por primera vez en presidente un señor al que la mayoría de los españoles rechazaron en las urnas, murió la democracia representativa. Ahora sólo queda saber cuánto tardará en oler el cadáver.