Lo que busca ahora es la forma de que su gobierno y su partido salgan lo menos chamuscados posibles de este incendio que es España. Este es su primer empeño en este momento. La suerte (muy oscura) del país le importa menos. Él ha hecho hasta lo imposible para enderezar este barco a la deriva llamado España pero ha fracasado. Los mercados, sus amigos hasta noviembre pasado, le han dado la espalda. Piensa que lo mejor que puede hacer entonces es idear  la fórmula precisa para arriar la bandera de la derrota sin desdoro. Ha indicado a los suyos que se devanen los sesos, quiere ideas. De Guindos es el más activo, pero también la vicepresidenta Santamaría y Nadal y Arriola y hasta García Margallo (¿?) acuden a su despacho con papeles y más papeles. Pero ninguno le ha dado aún el consuelo necesario. Él quiere comprometer en este instante tristísimo, claro, a los socialistas, a los nacionalistas, a los botines, a empresarios y periodistas de postín; sin embargo, nadie le alarga una palabra de aliento. También ellos están atrapados. España entera está enjaulada, intervenida. Pero muy pocos lo expresan por el “qué dirán”; les acusarán de agoreros o algo peor, antipatriotas. Entre tanta desazón, un periodista, no sé quién, vino a escribir el otro día que el Gobierno haría bien en preparar la rendición de la mejor manera posible, pues no es lo mismo la rendición de Breda que la humillación del Monte Arruit. Claro que el periodista no había advertido la determinación del Gobierno de entregarse sin que lo parezca y nunca antes de poner a todo nuestro sistema financiero a su disposición con el dinero de todos. Botín y otros lo han advertido y se defienden como libélulas venenosas. Ésa es la batalla que estos días se observa desde las troneras.

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