Vivimos en la sociedad de la comunicación global, intensiva e instantánea, y la tarea política resulta muy condicionada por ello. A menudo se incurre en la tentación de anteponer la imagen al mensaje y, por tanto, de otorgar más relevancia a los rasgos del portavoz que al contenido del discurso y la propuesta. Se busca una cara que evoque “futuro”, una voz que genere “empatía”, un talante que proporcione “dinamismo”, una actitud que sume “credibilidad”… Cuando lo que debiera suscitar futuro, empatía y credibilidad es el conjunto de la oferta política y muy especialmente su programa.

El PSOE ha dedicado los dos últimos años a recuperar el crédito ciudadano, gobernando allí donde le ha correspondido, ejerciendo la oposición donde este ha sido el veredicto de las urnas, y renovando a fondo su propuesta de futuro para la ciudadanía. Hay un liderazgo elegido en el Congreso de Sevilla y hay un proyecto perfilado en la Conferencia de Madrid. En este 2014, además de proseguir aquellas tareas y afrontar las elecciones de Europa, toca elegir candidatos y candidatas para las autonómicas, las municipales y las generales. Esto último no es lo más importante, pero es importante hacerlo bien.

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