Importaba poco si la moción de censura del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) contra el Gobierno de Mariano Rajoy y el Partido Popular (PP) triunfaba o no. Vaya por delante esta advertencia. La existencia misma de la moción de censura y su debate era lo realmente decisivo. La política, a veces, tiene su casuística (hechos, fechas, nombres) y otras, las menos, trae consigo cambios de trascendencia para los ciudadanos y la historia de un país, aunque sea esa corta vida que se mide por años y no por décadas.

Que el PSOE haya propuesto en el Congreso de los Diputados una moción de censura contra el régimen del Partido Popular a mitad de la actual legislatura no tendría más importancia, sería pura casuística. Que lo haya hecho a punto y seguido de una sentencia que frena en seco la vida del PP por corrupción, es trascendental, tendrá una consecuencia tan trascendental como la tuvo la pérdida de las elecciones generales por la Unión de Centro Democrático que construyó Adolfo Suárez. El estallido de UCD fue histórico. Que la Justicia le haya dejado al PP en la puerta una carga de similar estruendo también lo será, más allá del resultado positivo para Pedro Sánchez de esa moción de censura. No importaba si Mariano Rajoy dimitía o no. El cambio del escenario político español está servido. La España soñada de José María Aznar ha perdido doblemente: a través del PP que le repudió y de su apuesta por Albert Rivera.

Pedro Sánchez (menos el PSOE) ha ganado a Mariano Rajoy, pero esa será otra historia. Pero a fecha de hoy, cuando la presidenta del Congreso levantó acta de la votación, sobre la moqueta del hemiciclo queda destruida una larga etapa política protagonizada por dos grandes partidos, con sus caídas y subidas y, sobre todo, la idea que desde la transición se fue imponiendo sobre la existencia de dos Españas. Solo dos. Conocidas. Las dos a las que se refería Antonio Machado, y cualquiera de ellas nos iba a helar el corazón.

EL TRUENO EN EL SILENCIO

Cuando el nuevo presidente comience a dejar correr el ovillo de su alternativa, habrá ya tres Españas. Lo ha anunciado el líder de Ciudadanos (Cs) colocando el cuerpo frente al atril como le tienen dicho, a la espera de que las cámaras le enfocasen. España ha superado la división histórica en dos y él representa la tercera. Así lo ha dicho sacando pecho. Y sus palabras han sonado como un trueno en el silencio aburrido de los diputados.

En todos estos años ha ido fraguando, uniéndose ese hierro reacio de la convivencia entre ideologías, a lomos de los cambios sociales, los hechos impuestos por el poder oculto y el aguante de la gente. Y así se ha caminado en la convivencia de diferentes. Albert Rivera (Cs) ha confirmado que el declive incontenible y culpable del  Partido Popular va a ser aprovechado por esa autodenominada tercera España que había recalado en el brazo extremo de Manuel Fraga y, con él, en el posterior Partido Popular, a saltos sobre la casuística de la historia.

¿QUÉ ESPAÑA?

Del acto reciente convocado por Ciudadanos en Madrid no merecía la pena destacar el hecho de que se cantara el himno nacional a tanto la hora. Era el perfume del acto, esa bandera recorriendo en línea quebrada la pantalla del fondo. Si fuera 29 de octubre, ese acto podía haber sido la versión actualizada, en color, de un acto similar en el Teatro de la Comedia de Madrid, un año de 1933.

Todos hablaron de España, entonces y ahora, con el mismo énfasis y la misma emoción patria. Para unos, un país diverso; para, otros unido; para unos, dolido; para otros, floreciente gracias a su mandato y pese a la corrupción que no pasa factura.  En realidad, el quid de la cuestión no era España. Por encima de los restos de esas dos Españas salió caminando el felino de la nueva/vieja idea, apeado del caballo ganador. Aunque eso no parezca importante, ahora será la voz, el rugido de la tercera España que más se escuchará, el que más se hará oír por los altavoces.