Los graves sucesos sociopolíticos que están ocurriendo en Venezuela devoran casi todo el espacio informativo de Centroamérica en estos momentos. Esto sirve para que regímenes análogos, que además apoyan al inefable Nicolás Maduro, tengan la perfecta cortina de humo para seguir cometiendo sus tropelías sin que estas sean advertidas.

Esto sucede en Nicaragua con el presidente Daniel Ortega y su vicepresidenta y esposa Rosario Murillo. Resulta azarosamente irónica que aquella que mortificó la vida de Rubén Darío, padre de la patria nicaragüense, tenga el mismo nombre que aquella que mortifica  más de seis millones de almas.  Según informes de la organización no gubernamental Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (APNDH), el régimen de Daniel Ortega, ha utilizado, sistemáticamente, un sistema represor para controlar a los opositores de su gobierno y esto ha ocasionado que al menos 481 personas han muerto en Nicaragua.

Hasta los últimos sucesos, la APNDH detalló además, que 3.962 personas resultaron heridas en un lapso de 137 días, entre el 18 de abril y el 2 de septiembre del año pasado, de las cuales 98 sufrieron lesiones graves permanentes y 1.338 fueron secuestradas, pero de estas últimas aún se desconoce el paradero de 1.215. "Los incluidos en esta lista fallecieron en el contexto de las protestas cívicas", detalló la ANPDH en su informe. Entre las víctimas mortales la organización incluyó a 26 personas fallecidas por "enfermedades o accidentes relacionados" con actos de violencia relacionados con la crisis, mientras los otros sufrieron "asesinatos directos". De los 455 homicidios, 152 murieron en "ejecuciones aleatorias", 116 en "ejecuciones planificadas", 86 en enfrentamientos "desproporcionados" entre fuerzas del régimen y civiles "incluyendo asesinados por francotiradores", 57 en ejecuciones selectivas, 36 "aparentan ser planificados y ejecutados por paramilitares encapuchados y armados”, según ANPDH.

Todos los tiranos, desde antes de los tiempos de Tarquinio el soberbio, han usado la fuerza represora, pero también la propaganda como arma de dominio. Todos comparten, además de vidas disipadas, una retórica carpetovetónica y ridícula, si no fuese por el mal que causan.  El culmen de esta perfección y perversión de la verdad informativa la perfilaron los nazis con sus famosos manuales de propaganda, con Göebbles a la cabeza y su famosa frase “Una mentira repetida mil veces acaba convertida en verdad”.  Hablemos pues de mentiras. La semana pasada, el día 6, se celebró la efeméride del poeta nicaragüense y universal Rubén Darío. En la víspera, recibí una llamada preocupada de un representante de la organización SOS Nicaragua. Me preguntaba cómo me había “prestado al juego del gobierno de Ortega” cediendo para su propaganda la proyección de la película “La Princesa Paca”, basada en mi novela homónima sobre los amores entre Rubén Darío y Francisca Sánchez del Pozo, abuela de la periodista Rosa Villacastín.

Mi sorpresa fue mayúscula por varias razones: en primer lugar, la falta de delicadeza e inteligencia  de RTVE, productora mayoritaria de la cinta, aunque no sé cuándo ni en qué términos se firmaron los acuerdos, al no hacernos saber ni a la productora que comenzó a mover el proyecto, La Cometa, ni a los autores, este particular. Forma parte de la falta de consideración y respeto habitual en nuestro país por los escritores;  también que se vendiera como un triunfo y un apoyo de España, y los autores de la obra al régimen de Ortega, cuya prensa y medios oficiales han propagado por tierra, mar y aire su triunfo.

Como no pudo ser de otra forma, y ya lo había hecho ante la represión del pasado año, envié un comunicado e hice unas declaraciones para la prensa independiente centroamericana, y la poca que queda en Nicaragua, así como en mis propias redes. Ya lo he dejado claro en varios artículos en los que conté el maravilloso pueblo nica que encontré en mi viaje hace ya tres años, al presentar mi obra, enamorado de la cultura y deseoso de disfrutar de un país que progresase en libertad y bienestar. Por esa razón, ayudé a mi vuelta con los medios, y con los recursos posibles de contactos para ayudar en la medida de mis capacidades.

La represión brutal de hace una año, la ilegalización de los opositores, el exilio de periodistas, como Carlos Salinas, acosado y amenazado en lo personal y en lo profesional,  y escritores, la vigilancia gubernamental de los que quedan, y la brutal agresión, acoso y muerte de los estudiantes, algunos de ellos a los que conocí en los encuentros en Managua, Nicaragua, León o Granada, me hicieron entonces, como ahora, tomar postura contra el régimen y sus representantes. La respuesta no se ha hecho esperar: frente a la gratitud y el afecto de los que luchan porque Nicaragua sea libre, también el insulto de los medios y los escritores asalariados por el régimen. Tampoco esto es nuevo. Los nazis en la Alemania de Hitler, los fascistas en la Italia de Mussolini, o los franquistas en la dictadura de Franco tuvieron también sus amanuenses y pseudo-intelectuales que vivieron en “una extraordinaria placidez”, por recordar las infaustas declaraciones de un inefable ex ministro. No voy a repetir sus muchos insultos, reaccionarios, de mal gusto, que harían sonrojarse al genial Darío. Comprendo que les va el sueldo en ello, aunque no me gustaría comer, como ellos, gracias al sufrimiento de todo un pueblo.

Afortunadamente, como dijo el torero, en “mi hambre mando yo”, y no voy a callarme por muchos insultos y amenazas veladas  que se me hagan, cuando otras ofertas distintas fracasaron ya. “Princeso”, me llama alguno de estos pesebreros de los dictadores y sólo voy a contestarles que, ante sus fáciles y burdas insinuaciones, mi apellido es Reina; exactamente igual que el mismo escritor de Puente Genil, mi antepasado, que celebró la grandeza literaria de Rubén Darío en la revista “La Diana”, antes que nadie, incluso su amigo Valera que leyó “Azul…” por indicación de él. Que no me degraden: Reina. Regio o no, vivo o sobrevivo con dignidad de muchas horas de escritura, de compromiso, de trabajo, y no a costa del dolor ni de las penurias de mis congéneres.

Estoy, humildemente solidarizado, con los grandísimos escritores nicaragüenses, Ernesto Cardenal, con Sergio Ramírez, con Gioconda Belli, entre otros; estoy con los jóvenes que me escriben pidiendo ayuda, como lo hicieron algunos que murieron por pedir libertad hace unos meses; estoy con los periodistas y creadores que han tenido que marcharse por acoso, amenazas y penurias; estoy con todos los nicaragüenses, mis hermanos, que quieren una transición pacífica, que pasa porque la familia  Ortega-Murillo, que quiere ser dinastía traicionando la revolución contra Somoza, se vayan y dejen paso a unas elecciones libres y democráticas.  Estoy, como he estado siempre, con lo que es digno y justo. Lo siento por los tibios y las tibias. Por los que no pueden pronunciarse o lo hacen a medias por intereses personales o viejas querencias políticas.

Yo soy un hombre progresista, un hombre de izquierdas, un intelectual. Aunque eso importe cada vez menos en esta sociedad líquida. Por eso tengo que ponerme serio, tomar peso y postura, y no callar. Porque el silencio también es cómplice, y yo no soy cómplice ni de tiranos, ni de asesinos.