Muchos de los jóvenes que se están movilizando de manera creciente en Valencia, en Madrid y en otras ciudades de España reclaman la atención de la sociedad y de sus instituciones ante una problemática muy preocupante, para ellos y para todos.

La gran mayoría se manifiesta hasta ahora de manera pacífica, esgrimiendo sus libros incluso como originales “armas” reivindicativas. Pero nada garantiza que la desesperación progresiva en la que viven gran parte de nuestros jóvenes no cambie sustancialmente el panorama.

Las alternativas vitales más comunes que se ofrecen hoy a la gran mayoría de los hombres y mujeres menores de 30 y 35 años son tres. Pueden vivir sobre el cada día más frágil colchón familiar, renunciando a cualquier expectativa de emancipación. Pueden malvivir saltando de trabajo precario en trabajo precario, lejos de sus vocaciones y de sus formaciones. Y pueden emigrar en busca de oportunidades a otros países.

Los discursos que se les dirigían hasta ahora ya no sirven. Se les recomendó un esfuerzo especial en su formación, como garantía de más oportunidades laborales, pero ya ni siquiera hay trabajo para los mejor formados. Y se les invitó a abandonar la vieja mentalidad funcionarial para apostar por el “emprendimiento”, pero el sistema niega financiación a cualquier emprendedor que no pueda responder con un patrimonio previo.

El problema tiene un fondo extraordinariamente grave. A corto plazo, la sociedad española se arriesga a una ruptura social sin precedentes. Sencillamente no es sostenible una comunidad en la que la mayoría de sus jóvenes no tienen ni trabajo ni expectativa de encontrarlo. Y a medio plazo, esta sangría de jóvenes excluidos, precarizados o fugados condena a nuestro país a un desarrollo negativo o frustrado.

Las estrategias de la “austeridad ante todo” resultan suicidas en un escenario como el actual. El Gobierno podrá presumir ante Merkel de un cuadro macroeconómico niquelado, pero si condenamos sin futuro a toda una generación fracasaremos como economía, como sociedad y como país.

Poco ayudan a mejorar la situación las últimas iniciativas del Gobierno destinadas a abaratar despido y fomentar los contratos basura, con periodo de “prueba” de un año y patente de corso para despachar al trabajador joven sin un solo euro de indemnización.

Tampoco tranquiliza, desde luego, identificar a los jóvenes con el “enemigo” y procurar intimidarles a fuerza de porrazos. Aquello de “contra el paro, porrazos” ya no funciona.

A los jóvenes sin salida cabe ofrecerles una agenda diferente. Mejorar su formación, como ciudadanos y como trabajadores. Aplicar políticas públicas de estímulo al crecimiento, desde Europa y desde España. Y regular los derechos de los trabajadores, sean jóvenes o no, con tanta seguridad como flexibilidad.

O les ofrecemos una salida a los jóvenes sin futuro, o nos estaremos negando el futuro como sociedad.

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