Las críticas le llegan por todos los flancos. Los papás y las mamás que se han quedado sin becas comedor u otro tipo de ayudas (aunque esto responde a la ignorancia patria porque en la mayoría de los casos se debe a los recortes autonómicos). Los abuelos porque, al fin y al cabo, son ellos quienes tienen que apoquinar lo que resta para cubrir esas necesidades, es decir, que se ven en la obligación de dar de comer todos los días a sus nietos. Los tíos y tías que tras escuchar el LP entero de La Oreja de van Gogh, con su sentimiento y todo, se han cansado de echar la monedita en el plato después de 12 rondas (“Venga titos la última” “¡Sí, claro! Lleváis todo el repertorio… y ya tenéis ¡21 años! ¡Maldito Wert!”). Y los actores y directores, pero estos son muy rojos y aprovechan cualquier excusa para lanzar sus puyas. Las dirigen a los que “legítimamente ocupan el centro-derecha del espectro político que han recibido el respaldo mayoritario de esta gran nación“, que diría Marhuenda. Lo llevan en la sangre: protestar por protestar. Y si es en público mejor, que para eso se dedican a la escena.

Hablan mal de él los catalanes por su intención de españolizarlos. Todavía no lo entiendo pero debe ser algo así como lo que hacen los padres futboleros con sus hijos desde los seis meses “Real Madrid caca, caca, ca-ca. Cristiano Ronaldo ¡puaj!“… digo yo que la estrategia es similar a este proceso paterno filial.

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