País de charanga y pandereta. Machado seguramente nunca llegó a imaginar que esa metáfora se hiciera tan popular y fuera tan ampliamente empleada para describir lo que él mismo describia en su poema “El mañana efímero”, de Campos de Castilla; esa España tosca, grotesca y atrasada, que se niega a evolucionar y a superar su atraso en la historia. Esa España en la que, a falta de cultura, de respeto y educación, prima la avidez, el engaño, la rufianería, la astucia y el todo vale.

La España de la picaresca, ésa que describieron muy bien Quevedo en El Buscón, y un autor ignoto en El Lazarillo de Tormes, no parece quedarnos muy lejos. En el siglo XVII reinaban en este país las tretas, el jesuitismo, la picardía y las triquiñuelas. Entonces las actitudes astutas, engañosas y arteras estaban, de algún modo, justificadas, porque en un país lleno de abusos y de miseria había que sobrevivir, como Lázaro y Don Pablos. En la España del siglo XXI también hay que sobrevivir, porque los neoliberales llevan décadas, y lo que quede, saqueando y empobreciendo a los ciudadanos en nombre de una crisis que ellos inventaron y gestionaron a su antojo. Pero tras cuatro siglos las cosas debían de haber cambiado, y no han mejorado tanto.

En el ámbito de la política es evidente que la astucia, la inquina, la corrupción y la indecencia se instalaron hace tiempo sobre las cabezas indolentes de los españoles en forma del neoliberalismo en que se transformó la derecha por inspiración del adalid Aznar. Pero hoy no hablaré de política, un dominio rebosante, como sabemos, de manipulaciones y engaños . He traído este tema a colación por un absurdo que leía hace unos días y que me recordó a esa España arbitraria y picaresca de Quevedo y a la de charanga y sacristía de Machado. A la España mentirosa, de rufianes, cínicos y aprovechados; de esos que actúan en su sólo beneficio cueste al prójimo lo que le cueste.

Se trata de una anécdota, algo que parece puramente anecdótico, aunque no lo es. Porque, en el fondo, tras ella subyace esa España que reniega de cualquier atisbo de escrúpulo y que se niega a ser otra cosa que un legado histórico de un pasado oscuro. Un coruñés de 54 años, vecino del pueblo de Boiro, lleva tiempo denunciando que una foto suya, tomada sin su consentimiento, aparece en todas las cajetillas de tabaco sin su permiso. La imagen muestra a un enfermo entubado junto a la leyenda que hace temer a los fumadores por su vida, poniendo la foto como ejemplo.

Cuenta el interesado que la foto se tomó en un hospital de Santiago de Compostela, en el postoperatorio de una intervención en la que le pusieron una prótesis de titanio por un problema de espalda. Nada tenía que ver esa foto con el tabaco; pero se expone públicamente, con su rostro, en unas circunstancias de absoluta intimidad, para amedrentar y confundir a los españoles que fuman. Y digo confundir porque es realmente un dislate que se haga sentir amenazados a los fumadores con unos mensajes siniestros mientras el Estado se embolsa suculentas ganancias de sus bolsillos, y mientras se introducen junto al tabaco cientos de sustancias nocivas para aumentar la adicción.

Independientemente de que el hábito de fumar sea nocivo para la salud, me parece una locura poner imágenes tan escabrosas y tétricas para confundir la conciencia de quien compra los cigarrillos a pesar de ellas. Se trata, en realidad, de un modo más de manipular y torturar la mente de las personas generando miedo e impotencia. Pero si, además, ponen una foto de un enfermo entubado por otros motivos, sin su permiso y de manera engañosa, me parece verdaderamente un dislate. Espero que a ese coruñés víctima de una estafa de tal magnitud le indemnicen por el uso fraudulento de su imagen y su intimidad. Y espero que este país sea capaz de escapar, alguna vez, de esa picaresca grotesca que parece ser, en los últimos años y en ámbitos diversos, la norma establecida. Quizás sea que también se haya convertido en neoliberal la Tabacalera.