Estamos en carnaval y mirando al gobierno casi ni se nota. Llevan disfrazados/as tanto tiempo tantos/as ministros/as que todo el tiempo parece carnaval, haciendo lo que les da la gana y bailándonos a los demás.

Don Rajoy se disfrazó durante la última campaña electoral de conseguidor, de señor serio y eficiente (como corresponde a un registrador de la propiedad -toda una metáfora eso de que la profesión del presidente sea certificar propiedades-), pero cuando ganó el primer premio se aburrió del disfraz y se embutió en uno de indolente hombre invisible (seguramente para que a él no le registrásemos, que le da pereza), y con el programa electoral del primer disfraz se hizo un capirote de papel.

Y otro tanto les pasó a casi todos sus ministros, que al poco de ser nombrados se disfrazaron de otra cosa. Como don Cristobita con su cachiporra que se disfrazó de ministro de Amnistía Fiscal, o don Gallardón que se disfrazó de ministro de Justicia y Tasas, o doña Jaguaresa Mato que se disfrazó de ministra de Sanidad Repagada (la sanidad). Por poner algunos ejemplos. Aunque el que se lleva la palma de los disfraces es ese que tiene una cartera donde pone Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Wert, que entró de ministro/independiente (o de ministro/sociólogo), pero muy pronto devino en ministro/tertuliano primero, en ministro/provocador después y, más tarde, ministro/dontancredo.

También es verdad que otros estuvieron disfrazados desde el principio y no han cambiado de disfraz, como doña Báñez, que la disfrazaron de ministra de Empleo y así sigue, con el mismo disfraz, aunque un poco más raído y precario, o doña Soraya, disfrazada de vicepresidentita, que mira y mira para dar miedito.

Pero no solo ha ocurrido eso en el gobierno. Últimamente hemos visto muchos disfraces en personas y cosas, desde tesoreros disfrazados de alpinistas hasta condesas disfrazadas de cazatalentos; desde cuadernos B disfrazados de fotocopias B hasta privilegios vestidos de leyes a medida para especuladores; desde el patrono convertido en payaso malababa  hasta la aristocracia de bragueta empalmada disfrazada de víctima (y yo, disfrazado de juntapalabras, claro, que aquí hay para todos).