Se acabó el disimulo. A partir de ahora, el papel de árbitro de la política andaluza está en manos de un partido ultraderechista, que falta el respeto a los derechos fundamentales recogidos en la Constitución y que plantea un futuro de involución en el Estado autonómico.

Ocurre tal esperpento en una Andalucía que salió de una situación terrible de desigualdad gracias a la democracia y a la voluntad política de las fuerzas progresistas. Por ello, esto resulta aún más doloroso.

Sin embargo, no sorprende que sean el Partido Popular y Ciudadanos los que hayan dado pie a tal situación. La corrupción en que ha vivido inmerso el partido que lidera ahora Pablo Casado, ha reforzado el ala más radical del PP, una vez que se han sacudido de las mochilas los más señalados, con la disculpa de la necesidad de “regenerar” el partido.

En cuanto a Ciudadanos, a nadie se le escapa su papel complementario para lo que necesite el PP. Ni que algunos de sus iniciales creadores formaron parte de lo más granado de la FAES, la fundación de José María Aznar, el padrino ahora recuperado. Así las cosas, solo faltaba Vox, y ya ha llegado.

Su principal representante, Santiago Abascal, abandonó las filas populares para surgir ahora crecido y a caballo. Como un hijo pródigo que no espera, exige, que sacrifiquen en su honor el cordero más gordo.

A modo de camuflaje, Ciudadanos aseguraba que no iba a llegar a acuerdo alguno con Vox, echando pelotas fuera. Y ahí los tienen: los segundos de a bordo del PP y de Vox. Teodoro García Egea y Javier Ortega Smit firmaron el acuerdo para que no hubiera pegas sobre la elección de Ciudadanos a ocupar la presidencia del Parlamento de Andalucía y para que el primero de la lista del PP, Juanma Moreno, llegue a dirigir muy pronto los destinos de la Junta.

Abascal había anunciado previamente su apoyo, tal como se le había exigido. Faltaría más. Sin duda, en el nuevo triunvirato andaluz es el que lo tiene más claro. Es consciente de que comen de su mano y se propone llevarles por donde a Vox le dé la gana.

Mientras, el presidente del PP ha empezado una carrera frenética para articular lo que él llama un “frente constitucionalista,” que barra en las elecciones autonómicas y municipales de la primavera y que consiga, como sea, que Pedro Sánchez abandone la Moncloa.

El riesgo de que se reproduzca el cambio histórico logrado por ese trío en Andalucía, es lo que debe movilizar a los votantes progresistas. Andan tan asustados ante esa perspectiva que, hasta los independentistas, que siguen haciéndose de rogar, podrían acabar votando los Presupuestos para 2019.

Y es que, en estas cuestiones, la derecha siempre lo ha tenido claro: hay que hacer frente común como sea para conseguir sus fines. Los otros, no. Basta ya de mantener tantas distancias, aun a costa de que la ciudadanía sufra la amenaza de un recorte de libertades.