Ya se sabe, que cuando el diablo no tiene nada que hacer con el rabo mata moscas. En estos tiempos de precampaña electoral, PP, Ciudadanos y Vox, que tienen todo el tiempo del mundo en su papel de oposición, derrochan mensajes ofensivos y una falta evidente de propuestas prácticas. Porque, siguiendo el dicho, cuando la derecha se aburre busca con entusiasmo piedras afiladas que lanzar para machacar al oponente.

Ocurre, además, que los diferentes sondeos que se van conociendo no dan tregua. No apuntan a una mayoría absoluta clara y eso provoca una frenética actividad de la oposición para captar a ese votante que se pueda ver tentado por otras opciones, ay, de la competencia.

De ese modo, acaban tirándose dardos envenenados entre sí, en una actuación algo patética después de lo que hemos comprobado: que PP y Ciudadanos han dado entrada a VOX en Andalucía y que los tres líderes se han fotografiado sonrientes en la Plaza de Colón, augurando un futuro de buena amistad y aspiraciones de Gobierno.

Santiago Abascal, el líder ultraderechista marca el paso con cierto aire de prepotencia, consciente de que puede llegar a tener la sartén por el mango y el mango también. ¿O Vox no se ha situado al frente de la comisión de Memoria Histórica andaluza cuya Ley reclama derogar? Entretanto, sus socios y padrinos arrojan despropósitos como venablos.

Véase al popular Pablo Casado acusando a Pedro Sánchez de “ser crítico con los dictadores muertos y ser un cobarde con los dictadores vivos”. Se refería primero a Franco, como es obvio, y, en el segundo caso a Venezuela, país que parece ser el centro de preocupación del líder del PP en detrimento del suyo propio. 

O acciones sorprendentes como la de la lideresa de Ciudadanos, Inés Arrimadas, que ha protagonizado una sentada con un grupo de correligionarios en Waterloo frente a la residencia del expresidente Carles Puigdemont, negando la existencia en Cataluña de una República a pesar de las elucubraciones del huido. Hasta ahora no se conoce quien corrió con los gastos de tal viaje.

El caso es molestar, especialmente al Gobierno de Sánchez para no dejarle trabajar, e intentar sacar tajada, sea como sea, elevando el nivel de crispación. El problema son las formas y la ausencia de contenidos. En este sentido ha estado bien Antonio Garamendi, vicepresidente de la CEOE y presidente de CEPYME, quien hace unos días instó a los partidos a que actúen con moderación y a que se sienten y hablen. Dice el empresario que lo que España necesita es estabilidad y ha añadido su opinión de que las formaciones moderadas de centro derecha y centro izquierda deberían trabajar en común para recuperar la economía y continuar con las reformas pendientes. Un reflexión prudente, en estos tiempos de vorágine generalizada, pero teniendo como objetivo prioritario acabar de una vez con la desigualdad por renta en la que España se sitúa a la cabeza en la Unión Europea.