El Rey ha intentado, por un lado, mimetizarse con el sentir general de la opinión pública –desempleo, crisis, desesperanza, familias en quiebra- y al mismo tiempo hacer al respecto lo único que puede: apelar a la “gran nación española” y al coraje de sus ciudadanos, mientras recuerda que bajo su reinado el país ha vivido la etapa más larga de libertad y progreso.

Pero estamos en el agujero…
Al final, la Zarzuela, con ese inmenso espíritu de supervivencia que ofrece la historia de las familias de don Juan Carlos y doña Sofía, sabe mejor que nadie que pese a no tener responsabilidades políticas, la ciudadanía se revuelve contra todo lo instalado si las cosas van mal. Ahí están las últimas valoraciones realizadas por el oficial CIS y en donde se suspende por vez primera el rol real. Y eso que todavía el caso Urdagarín no había enseñado el hocico ni había sido sometido a consulta ciudadana. Si las cosas van bien, el Rey sale bien; si las cosas van mal, la monarquía, como todo, es cuestionada.

Justicia
Sin duda alguna, el máximo interés estribaba en conocer cuál iba a ser la reacción real respecto a una hoguera que cada día que pasa amenaza con abrasar todo el complejo de Somontes y aún la propia forma del Estado. El redactor del mensaje del monarca ha debido dedicar muchas horas a medir cada coma y palabra. Y don Juan Carlos debió de ordenarle coger el toro por los cuernos al afirmar que “la Justicia es igual para todos”. Es lo que la gente quería oír, amén de la sanción ejemplar a los no ejemplares…¡Continúa funcionando el espíritu borbonesco de supervivencia!
De paso, el jefe del Estado reconoce que algunas actitudes ponen en riesgo la propia Corona y entiende que la opinión pública se alarme ante la utilización de la influencia que genera ser familiar del Rey para enriquecerse espuria y delictivamente.

Su posición, por lo tanto, es clara: antes de proteger a Iñaki Urdangarin, al fin y al cabo un plebeyo hasta que emparentó con la infanta Cristina, o salvar la Monarquía la cosa resulta obvia. ¡A la hoguera! Sin duda, durante estas difíciles semanas al inquilino de Somontes se le deben haber aparecido todos sus demonios familiares!

Abdicación y futuro
Hace algunos años con ocasión de una visita a Zarzuela, junto con otros colegas, le pregunté a don Juan Carlos –eran días de vino y rosas para la institución- qué pensaba hacer con el Príncipe de Asturias. “Nunca le ocurrirá lo del Príncipe Carlos de Inglaterra”, contestó raudo el Rey.
Venía a decir, creo, que no le haría esperar más de 60 años para heredar el trono. Pero un tiempo después la estratega de la Zarzuela, es decir, la Reina Sofía, dejó claro que el Rey debe morir en su cama y hasta entonces ceñir la corona.

Pues bien, aquello podría estar bien para otros siglos, pero ahora las cosas han cambiado. Don Juan Carlos citó, quizá intencionadamente en su mensaje de la pasada Nochebuena, al Príncipe Felipe. Tengo para mí que algo se está moviendo rápidamente por esos lares.
Deberían aplicar, a mi modesto entender, el viejo principio de Lampedusa: “cambiar algo para que todo siga igual…” porque visto lo comprobado podría ser para su desgracia que si nada cambia todo puede ser distinto.

¡Hasta los cedros del Líbano cayeron!

Graciano Palomo es periodista y escritor, director de FUNDALIA y editor de IBERCAMPUS