Las razones que llevaron a millones de ciudadanos en el pasado año 2011 (mayo y noviembre) a otorgar al PP un respaldo electoral sin precedentes en nuestra historia democrática fueron fundamentalmente dos. En primer lugar, la convicción de que una alternancia en el Gobierno de España y un nuevo equipo conservador podrían invertir la desaceleración económica y la destrucción de empleo. Y en segundo lugar, la confianza en que la vuelta de la derecha al poder no representara un coste importante en términos de pérdida de derechos sociales y civiles. A fin de cuentas, la “estrategia Arriola” había funcionado: Rajoy no despertaba ni el temor ni el rechazo que se atribuía a Aznar.

No han hecho falta ni cien días para que aquellas razones se hayan visto frustradas por la contundencia de los hechos. Lejos de mejorar, la economía y el empleo han empeorado. España está a las puertas de una recesión importante, y desde que el PP llegó al poder, se han perdido en torno a 3.000 empleos diarios. Las autoridades de Bruselas, Comisión y Banco Central Europeo miran a España con el recelo de la desconfianza, y los mercados financieros no se han dejado impresionar por las credenciales ideológicas de nuestros nuevos gobernantes. La prima de riesgo sigue creciendo, pagamos muy cara la deuda, cae la bolsa y ya no nos queda ni el consuelo de estar por delante de los italianos.

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