Según Camus, el hombre rebelde es aquel que dice que no. En este sentido, Bartleby, aquel personaje a medio camino entre un místico quietista y un hikikomori prematuro, constituye la mejor expresión del hombre rebelde. Bartleby es un abúlico hiperactivo. Su inacción es una forma conseguidísima de acción, que él, sin pretenderlo, logra contagiar a otros compañeros de oficina, hasta el punto de que todos se convierten en pacíficos burócratas de la desobediencia. El director, en vista de tanta pasividad revolucionaria, tiene que marcharse. “Preferiría no hacerlo”, respondía Bartleby gentilmente a cualquier encargo de su jefe. Y a continuación seguía dando paseos mentales alrededor de la circunferencia de sí mismo. En aquel “no” contumaz que resonaba en el despacho como las gotas de agua de la tortura china, había todo un sistema filosófico. Y un simulacro de plenitud y nihilismo también.

Vencedor del ridículo y de la esperanza, Bartleby es el reverso de Prometeo, aquel filántropo que arrebató el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres. Con el tiempo, como se sabe, estos lo utilizaron para quemar la biblioteca de Alejandría y asar chorizos sobre sus ascuas. He aquí el resumen de la aventura humana: de mono heroico a pirómano epiléptico. Por eso, Bartleby desconfiaba de cualquier acción. Intuía que cualquier gesto, incluso el más noble, no es más que un prejuicio llevado a la práctica. De manera que, en lugar de trompetear consignas, de propiciar a sangre y fuego cualquier cambio, prefirió alelarse y aletargarse en su revolución monosilábica: no.

Se mueren de aburrimiento en la adolescencia y los entierran sesenta o setenta años después

Muy lejos de esta actitud filosófica se sitúa la de una parte de mozos y jóvenes de hoy. Más triviales que Bartleby, ellos, simplemente, se aburren. Eremitas de sí mismos, los japoneses, por ejemplo, se mueren en la adolescencia y los entierran sesenta o setenta años después. Son los hikikomori, esos solipsistas con acné para quienes todo el universo con sus infinitas galaxias cabe en veintisiete pulgadas, lo que mide la pantalla del ordenador que tutela su cuarto, un diminuto búnker de píxeles de donde no los saca ni Pokémon Go.

De haberlos conocido, el teólogo Juan Casiano habría dicho que estos jóvenes son víctimas del temible daemon meridianus, que es un tedio culto, con toga y birrete. Y tal vez sea verdad. El daemon meridianus o demonio del mediodía no era, en efecto, una de esas diablesas de cómic con pechos de silicona y pezuñas de cabra que humedecían los sueños medievales de los monjes. El daemon meridianus estaba en otro nivel. Irrumpía en las celdas monacales como las bandas de ladrones en los domicilios de hoy: a plena luz. Y era devastador. Algo así como una especie de sida psicológico. A partir del asalto, el desventurado monje se resecaba por dentro y no encontraba consuelo en nada. Se volvía displicente, triste, modorro, iracundo. La oración lo hastiaba, el estudio le repugnaba, el claustro lo agobiaba y la vida monástica, en fin, lo desesperaba tanto como sus inútiles fantasías por huir de ella. Y cuando levantaba la vista al cielo implorando ayuda, allí seguía el sol, el terrible sol de Satanás. La antigua patrística consideraba la acedía o daemon meridianus el más grave de los pecados, y el único para el cual no había perdón posible. 

Quizá tampoco haya mucha disculpa para ciertos peligrosos comportamientos de algunos chicos de hoy. Ahora les da por estrangularse unos a otros y grabarse las caras de preahorcados con el móvil. Porque nuestros adolescentes se aburren, solo que su aburrimiento contrasta con el metafísico del monje y con el rebelde de Bartleby. El del mocerío hodierno es un tedio comercial, como de planta joven de El Corte Inglés, un tedio con piercings en Instagram. No soportan su propia cárcel de barrotes de oro después de haberle vendido sus almas a Zuckerberg a cambio de un me gusta, y por eso le entregan a la pandilla lo único que aún conservan: el gañote.

Ahora les da por estrangularse unos a otros y grabarse las caras de preahorcados con el móvil

Recientemente, una cría de doce años de Pinto (Madrid) consintió que una amiga le oprimiera el cuello hasta casi asfixiarla. En Granada, un quinceañero accedió a lo mismo, que es preferible que un colega te quite la vida antes que los polinomios. Debe de molar mucho eso de que la cara se te amorate como una berenjena, los ojos se te transformen en dos respingonas pelotitas de pimpón, la lengua imite el logo de los Rolling y el corazón te trabaje como si estuviera en una batukada estajanovista antes de caer inconsciente o de despertar en el más allá, donde a lo mejor, por no haber, ni siquiera hay polinomios. Debe de molar mucho, sí.

Yo no sé si esta es la generación perdida, la tecnoflipada o qué. Yo solo sé que los punkis y los roqueros han acabado domesticados en Operación triunfo, y que la mayoría de los adolescentes solo protesta si la bolsa de Doritos está rancia. Aquí se agota su rebeldía. Son aspirantes a burgueses desde la cuna, que sus madres les callan el llanto con un chupete de Dior para iniciarlos en el consumismo y en la melancolía. Luego, los chavales crecen y ya resulta imposible distinguirlos de los padres. Que hoy son aquellos quienes educan a estos. De ahí que ni unos ni otros, cuando sale un flamante modelo de iPhone o cualquier moda, sean capaces de secundar a Bartleby y de exclamar, como quien hace un educado corte de mangas: “Preferiría no hacerlo”. Y ahora, punto final, que me aburro.