De verdad, para una vez que Trump se pone fino y culto, llega uno de los museos más importantes de Estados Unidos y le trolea. Así no hay manera de que este hombre se reconduzca, cambie el talante y el semblante y aparezca como una persona sensible y refinada.

Un Van Gogh para su casa

Resulta que el bueno de Donald tuvo la idea de decorar las estancias privadas de la Casa Blanca, esas que se destinan a la vivienda del presidente y la primera dama. Para su deleite se le ocurrió colgar un cuadro de Van Gogh. En lo que todos los demás nos hubiéramos conformado con una reproducción de tienda de cuadros, él quiso que fuera el auténtico. Claro, él es presidente de Estados Unidos de América. Y tú no. Con tan peregrina petición se dirigió al museo Guggenheim de Nueva York que tiene en sus muros algunas de las mejores obra de arte moderno de la Historia. En concreto, a Trump se le antojó Paisaje en la nieve del artista holandés.

Un retrete llamado América

Es comprensible la reacción de perplejidad de los responsables del museo. Un Van Gogh que disfrutan cada año millones de personas, para deleite personal, privado y único del amigo Trump. Nada más y nada menos. Lo que tiene más lógica es la reacción de los responsables del Guggenheim. No, no podemos cederle el Van Gogh para ese uso que usted desea. Verá, ese cuadro justo forma parte de la colección de centro y en sus normas se establece que no puede ser cedido para ningún tipo de exposición temporal. Pero tenemos otro objeto que seguramente le encante. Y los jefes del museo, ni cortos ni perezosos le han ofrecido al presidente un retrete de oro. No es cualquier cosa. El retrete es obra del artista italiano Maurizio Cattelan y se llama América. Los responsables del Guggenheim juzgan que es la obra perfecta para dejársela a Trump durante su presidencia. Un trono de oro para su incontinencia. Verbal.