El turismo es un fenómeno de nuestro tiempo. La bajada de precios en vuelos y hoteles ha hecho que viajar esté al alcance de todos. Y eso lleva a situaciones límite con la que vive la isla filipina de Boracay, que ha tenido que ser cerrada debido a la contaminación.  

Duro despliegue policial

Pero los turistas a veces se comportan como hordas irracionales. Los viajeros gastan su dinero y sus escasas vacaciones para disfrutar de un paisaje idílico y no está dispuesta a aceptar negativas. Es algo que saben bien las autoridades filipinas, que han puesto en marcha un duro despliegue policial para frenar posibles altercados. 

Es curioso ver el entrenamiento de los antidisturbios. Armados y protegidos de arriba abajo, como estamos habituados a ver, cargan en plena playa contra un grupo de turistas de pega. Barren la arena literalmente y cargan contra personas provistas de gorras y riñoneras. 

"Fosas sépticas"

El motivo es habitual en parajes como la isla de Boracay. Su reducido espacio y sus limitados recursos han sido insuficientes para acoger a las masas de turistas. El inadecuado tratamiento de las aguas residuales durante años, han convertido ciertas áreas de su territorio en los que las propias autoridades han descrito como “fosas sépticas”

Desde el pasado abril hasta dentro de seis meses, la isla permanecerá cerrada a los turistas. Y los que logren alcanzarla serán tratados como manifestantes. 

Más allá del perjuicio a los turistas, subyace el débil equilibrio entre naturaleza, demografía y economía. Los 40.000 habitantes de Boracay necesitan del turismo para vivir. Y no entienden que al mismo tiempo que las autoridades filipinas clausuran la isla, permitan la construcción de un gran hotel con casino. Perciben una maniobra para adecuar la isla a las necesidades del grupo inversor que está aportando los 500 millones de dólares necesarios para la obra.