[[{"fid":"55268","view_mode":"medio_ancho","fields":{},"type":"media","attributes":{"alt":"Ficha técnica de Robinson: The Journey.","title":"Ficha técnica de Robinson: The Journey.","style":"float: left;","class":"img-responsive media-element file-medio-ancho"}}]]Desde este miércoles ya está disponible Robinson: The Journey, uno de los juegos más esperados para PlayStation VR. En ELPLURAL.COM ya hemos podido dedicarle unas cuantas horas para saber qué esconde Tyson III, el misterioso planeta extrasolar donde se ubica nuestra aventura.

Nada más arrancar, nos despertamos en la piel de Robin, un náufrago interestelar cuya nave ha embarrancado en un frondoso planeta donde los dinosaurios siguen siendo los reyes… aunque nuestro primer contacto es con una princesita. En concreto, una cría femenina de T-Rex que responde al nombre de Laika. Y responde porque hace las funciones de mascota hasta el punto de atender a nuestras órdenes, fundamentales para el desarrollo de la historia: rugir, comer, venir… incluso jugar al escondite.

La sensación de soledad se ve también apaciguada por HIGHS, un robot en forma de esfera que siempre flota a nuestro alrededor y nos sirve de guía durante la aventura. La alegoría con Wilson, el balón que acompañaba a Tom Hanks en Náufrago es obvia, pero no por ello menos interesante y divertida.

A nivel visual, el juego es apabullante desde su inicio, gracias al motor gráfico de Crytek, y el nivel de detalle es preciosista. Se arranca dentro de una pequeña nave y lo normal es pensar que estamos ante otro juego de Realidad Virtual donde ocupamos un puesto fijo en medio de un escenario cambiante. Sin embargo, la cosa cambia en cuanto descubrimos que podemos movernos y abrir la puerta de la nave. Ahí arranca todo un universo detallado y con vida propia ante el que es obligatorio quedarse boquiabierto-

No obstante, esta capacidad de moverse por el mapa es, para nuestro gusto, uno de sus mayores defectos. Porque la sensación de mareo, habitual en los primeros contactos con la Realidad Virtual, se multiplica en Robinson. Y la justificación no puede estar sólo en el sistema de movimiento- idéntico al de Resident Evil 7, con el que no sufrimos tanto- y quizás se encuentre en la precisión milimétrica que exige la herramienta que usa Robin para escanear y mover objetos.

En este sentido, hay que señalar que, dentro de un mapa grande, pero limitado de manera natural por precipicios y montañas, destaca el uso de la escalada y de las tirolinas. Algo a esperar de Crytek, que acaba de cosechar un gran éxito con su juego The Climb, para las Oculus Rift. A falta de PlayStation Move -por mucho que el dispositivo de Robin se parezca- el sistema elegido para resolver esta situación es el de mirar al saliente al que queremos agarrarnos y usar el gatillo correspondiente del mando. La experiencia no es tan realista como en The Climb, pero sí es divertida y no produce tantos mareos, aunque sí vértigo, que es lo que se busca.

La novedad del movimiento y la necesidad de adaptarse a él implica que haya que tomarse el juego con calma. Lo que también es beneficioso a largo plazo, porque la duración de Robinson: The Journey está entre las 3 y las 6 horas. Una horquilla amplia gracias a la inclusión del escaneo de las especies animales que hay en Tyson III, que supone un reto no sólo por su abundancia, sino porque el escaneo, como comentábamos antes, busca desafiar al jugador. Y también ayudan a alargar la experiencia los puzles y los desafíos que nos plantea nuestra mascota jurásica. Pero, a pesar de su historia, los misterios y la maravilla gráfica que supone Robinson: The Journey, su mayor defecto está en el precio. 59,99 son muchos euros para una duración tan corta, aunque el tiempo no es lo único que se paga en la que, hasta ahora, es una de las experiencias más sobrecogedoras de la Realidad Virtual.