Hasta el último minuto se mantuvo la incógnita de un pulso que estaba mal calculado. Algunas organizaciones sindicales ajenas a los sindicatos mayoritarios, UGT y CCOO, han querido hacer la guerra por su cuenta. Pero no han tenido en cuenta una serie de variables que han dado al traste con sus aspiraciones de poner en jaque a la ciudad de Barcelona coincidiendo con el Congreso de Móviles. Al final han buscado una salida airosa a lo que se preveía como una derrota. La huelga no se llevará a término pero mantienen el conflicto.

El conflicto de los trabajadores de metro y autobús estuvo mal planteado desde el principio. Se acumularon varios errores. El primero. Los trabajadores tienen derecho a ejercer la huelga para presionar en sus reivindicaciones, pero todo tiene un límite. Los ciudadanos no veían con complacencia que en estos momentos de crisis un colectivo pusiera en peligro uno de los acontecimientos económicos más importantes de Barcelona. La soledad de los trabajadores de metro y autobús fue evidente. Fue el primer síntoma de división en el seno de los trabajadores.

El conflicto de los trabajadores de metro y autobús estuvo mal planteado desde el principio. Se acumularon varios errores. El primero. Los trabajadores tienen derecho a ejercer la huelga para presionar en sus reivindicaciones, pero todo tiene un límite. Los ciudadanos no veían con complacencia que en estos momentos de crisis un colectivo pusiera en peligro uno de los acontecimientos económicos más importantes de Barcelona. La soledad de los trabajadores de metro y autobús fue evidente. Fue el primer síntoma de división en el seno de los trabajadores.

El segundo fue llevar las cosas hasta el extremo. Si bien sus reivindicaciones eran legítimas, desde el punto de vista de los trabajadores, la aparición en escena de la reforma laboral y la posibilidad de la aplicación de un expediente de regulación hizo aparecer disensiones en el movimiento sindical. La seguridad en el puesto de trabajo primó sobre otros aspectos. Fue el segundo síntoma de debilidad del movimiento sindical. Los del metro apostaron por la estabilidad. Los del autobús han rendido sus armas pero las siguen velando. CGT y sus acólitos no pueden aparecer como derrotados.

El tercero fue plantear una unidad de acción entre metro y autobuses cuando en pocas ocasiones esa unidad de acción ha sido una realidad. Se rompió al acercarse el momento de la verdad. El pragmatismo de metro chocó con las veleidades pseudo revolucionarias de algunos representantes sindicales en el comité de autobuses. El referéndum del metro fue todo un ejemplo. El comité de empresa consiguió unas condiciones aceptables que los trabajadores ratificaron. El comité de autobuses se negaba a consultar a la asamblea. El mazazo del resultado de metro obligó a cambiar los planes. Quedaron en evidencia algunas organizaciones sindicales que pretendían objetivos que iban más allá de los laborales guiados por dirigentes que viven alejados de la realidad. Se convocó la asamblea en el tiempo límite.

Sin embargo, CGT y sus aliados hicieron en la asamblea su último –o penúltimo- órdago. Estaban en puertas de la huelga y no podían flaquear. Sin contar con el apoyo ciudadano, sin el apoyo de los trabajadores de metro, sin la complicidad de las centrales mayoritarias, y un ERE pendiendo sobre sus cabezas, optaron por una salida por la tangente. Ni acuerdo, ni huelga. Desconvocar la huelga, rechazar la propuesta de la empresa y seguir negociando. La huelga era todo un riesgo y el precio a pagar demasiado alto para quienes en los últimos años, a pesar de la crisis, no han perdido ni empleo ni poder adquisitivo. A pesar de las presiones internas, que el secretario general de UGT de Catalunya, José María Álvarez ha calificado como mafiosas, la asamblea de trabajadores de autobuses ha preferido no mantener el pulso porque hubiera sido un total fracaso. Pero, el conflicto no se ha acabado. Los radicales de autobuses no han dicho su última palabra.

Toni Bolaño es periodista y analista político