No todo el mundo puede hacer lo que cree que tiene que hacer. Si la vida fuera tan simple y llana, esto sería el paraíso o Edén y no un valle de lágrimas. ¿Se imaginan? Es irreal y resulta sumamente reconfortante, solamente pensarlo. Los humanos sabemos bien que, además de facultades, voluntades y decisiones, se tienen que dar las circunstancias propicias. ¿Qué son estas circunstancias?: aquellas condiciones de entorno que propician una alternativa como solución a una cuestión o problema. ¿Se pueden someter (controlar) las condiciones? Se puede intentar, aunque no siempre es un problema que necesariamente tiene la solución pretendida o deseada.

En los discursos, hoy muy manidos, en manos de algunos políticos, suelen repetir que lo que no se puede, no se puede y, además, es imposible. Circunloquio fatal que conduce, necesariamente, a la depresión, caso de tratarse de algún aspecto fundamental. Por ejemplo, dado que no hay trabajo en ninguna parte, pretender conformar a una persona de que el enunciado justifica que no encuentre donde trabajar, puede resultar, altamente “riesgoso”, como diría algún castizo de otros lares. Facultades, voluntades y decisiones se dan, pero el entorno, el ambiente, el resto de los humanos que interviene en la solución, no están por la labor. Claro, que nada es inofensivo, en este caso. Decisiones gubernamentales previas, no han sido capaces de articular ninguna mejora en el mercado de trabajo que repercutiera favorablemente para solucionar este grave problema. Pero también, cobardía de otros, que podían poner puestos de trabajo en el mercado y se refugian en la defensa a ultranza de sus bienes y recursos, sin importarles, para nada, la suerte de sus conciudadanos, también es un aspecto a tener en cuenta.

La verdad es que es la hora de los empresarios. Funcionar con soltura y desparpajo, cuando todo va sobre ruedas es, no sólo fácil, sino irremediable. Hacerlo en condiciones adversas exige preparación, personalidad y capacidades que no están al alcance de cualquiera. Pocos de nuestros empresarios podrían, por incapacidad, hacer algo. Lo están demostrando, fehacientemente, a diario. No esperamos mucho de ellos, desgraciadamente. La mayoría se están poniendo de lado. Tenemos que asumir que nuestro entorno contiene estos elementos negativos que están lastrando a nuestra sociedad. No cabe duda que se responde de esta forma, bajo una interpretación ideológica, un filtro que resuelve la ecuación a favor de una dirección. No se suele reconocer el hecho, pero no cabe duda que responde a unos impulsos que impelen a valorar economías y deprimir derechos. El resultado es que las personas pasan a ocupar un lugar marginal. Otras cosas tienen más importancia. Es desolador, pero es, no podemos ocultar la indignación que provoca que se atrevan a justificar tales posiciones con el desparpajo propio del que alberga la razón.

Peor, todavía, resulta sorprendente que los gobiernos se hagan eco de estas posturas y realimenten con decisiones que solamente favorecen a unos pocos. La parcialidad genera una violenta convulsión de los derechos humanos, incluso. Hay que reconocer que no es fácil gobernar para las mayorías que con su voto han propiciado el acceso al poder de determinada corriente política. Si pensamos que el actual gobierno ha pulverizado todo lo que predicó para alcanzar el poder, haciendo lo contrario y perjudicando severamente a muchos, pese a airear que lo que pretende es defender los intereses generales, llegamos a la conclusión de que el cinismo es el ámbito en el que se desenvuelve su esquizofrenia. Esas caprichosas conductas son sumamente perniciosas y resultan ideológicamente defendibles en determinadas concepciones, en las que las personas no caben con la misma hechura que los intereses económico-financieros.

Lo peor de todo es que se anatemice a la ideología, cuando se abusa de ella. Decir que no se aplica ideología, ya es ideología. Y lo curioso es cómo y para qué se emplea. En una sociedad equilibrada y sensata, tendríamos que esperar, muy al contrario, que las distintas ideologías pilotaran las reformas que competen a su ideología. Por economía procesal, dado que determinadas cosas tienen un coste en función de quien lo lleva a cabo. Los cambios pueden proceder desde la filas de los cercanos. Meter en cintura a los empresarios es menos costoso para las derechas. Recuperar la memoria histórica, también, por razones obvias. Se le recuerda a las izquierdas el periodo de gobierno en el que no completaron la transición, se dice, y no se exige a las derechas que lo lleven a cabo, que son los más implicados en aquélla, y quienes, en buena lógica, tienen que dar muestras que permitan normalizar la convivencia. Las derechas tienen que hacer su trabajo, al igual que las izquierdas, desde luego. Pero por igual repartir estopa a uno y otro lado, independientemente de que cuestión se trate, es exigir unos precios inapropiados a quien no corresponde. Los problemas son de todos, las estrategias son las capaces de conseguirlo.

Alberto Requena es Presidente del Partido Socialista en la Región de Murcia