Hace más de un año, en una urbanización situada en un pueblo dormitorio próximo a Madrid, se generó un gran escándalo en los mentideros vecinales, tal y como me comentó uno de los residentes. El motivo: la llegada de una familia de origen árabe (una pareja y su hijo pequeño). Enseguida se encendieron todas las alarmas de la ignorancia y se pusieron en marcha los prejuicios de rigor. ¿Entre tanto español que se cree de clase media/alta unos moros? Evidentemente, las especulaciones acerca de los líos que provocarían, el pufo que dejarían al propietario de la vivienda arrendada e, incluso, las bromas en relación con rezos en alto (porque alguien que conoce a alguien contó que algo similar ocurrió en su bloque) y los preparativos de atentados, no cesaron. En medio de todo esto, otros residentes, decidieron llevar a sus hijos a otro colegio de la zona porque en el que les correspondía acudían demasiados extranjeros. Ilustres ignorantes.

Este país, España, el de la marca que tratan de vender desde el Gobierno, a tenor de lo que sucede, a precio de saldo, ha vivido de la emigración durante toda la dictadura y de la inmigración durante el boom inmobiliario. Ahora, casualmente, aumentan las remesas de divisas de los jóvenes (y no tan jóvenes) aventureros y españoles que han decidido apostar por la “movilidad exterior de la que hablan la ministra de Empleo y sus altos cargos.

La nación que persigue ofrecerse como marca pero solo ha logrado ser una especie de logotipo, se ha forjado en ese fenómeno que ahora, debido a nuestra reciente visión de nuevos ricos, vemos con malos ojos. A lo largo de los años de bonanza ¿cuántos jóvenes, mujeres embarazadas, mayores o niños han perdido la vida al cruzar el estrecho? ¿Y ahora?

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