La izquierda suele caer en la tentación de afrontar las crisis desde el diván del psicoanalista en lugar de hacerlo desde el puente de mando. En lugar de buscar respuestas al qué pasa, suele regodearse en el cuestionamiento del qué nos pasa. Cuando urge atender al qué hacer, se entretiene en aquello de en qué nos hemos equivocado. En definitiva, a veces antepone demasiado ingenuamente la introspección estéril sobre la prospección efectiva.

El último periodo desde las elecciones de 2011 no ha sido excepcional en este sentido. Pasamos la penitencia de la autocrítica y el perdón, cuando nunca era suficiente autocrítica ni suficiente perdón. Pasamos el debate sobre cuan democráticamente debatimos en torno a los métodos más democráticos para elegir a nuestros líderes y órganos democráticos. Y nos quejamos cuando los procesos eran competitivos, por la división interna. Y nos quejamos cuando los procesos no eran competitivos, por la falta de concurrencia.

Tampoco evitamos, claro está, la controversia sobre si somos más o menos pactistas, o si vendemos el alma en el pacto, o si no somos nadie al no pactar. Y ahora toca el debate sobre el calendario de las primarias. Y toca con tanta angustia aparente como antes tocó el cilicio inexorable, la democratización en canal y la necesidad perentoria de exorcizar pactistas.

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