A falta de periódicos junto al desayuno en una habitación del Palace, me conformo con consultar cada mañana a través del Iphone cuánto me han robado durante la noche. No amanece en España sin un nuevo episodio de corrupción. Por suerte, el navegador del móvil sólo permite abrir ocho pestañas, lo que dosifica bastante la ración de podredumbre y la consecuente generación de bilis.

Quien también ha descubierto las ventajas de las nuevas tecnologías es Mariano Rajoy, que ahora se comunica con nosotros a través de una pantalla. Se evita aguantar los olores de una sala abarrotada de periodistas y puede repetir la escena si le sale mal, que leer en voz alta un texto no es tan fácil como parece. Espero que la “transparencia total” que nos prometió incluya el vídeo con las tomas falsas del discurso del sábado.

Si Rajoy se convierte en la princesa Leia y se comunica con los periodistas a través de un holograma, éstos responden imitando a Indiana Jones y recorren el mapa del mundo en busca de la pregunta perdida. Hasta Alemania hubo que ir para preguntar a Rajoy en carne y hueso sobre el caso Bárcenas y el presidente, que se crece en las distancias cortas, acabó lanzando un bolígrafo, guiñó el ojo cuando afirmó que “todo es falso” y remachó la frase añadiendo “salvo alguna cosa”. Un lince este tipo.

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