Congreso de los Diputados



No hay paisaje más desolador que el que aparece tras una gran inundación. El orden cotidiano de nuestras casas con sus ajuares reventados llega a ser como el cuadro que pinta un loco, y nuestras calles son la obra soñada por el dios de la ira. Algo semejante a todo este aquelarre parece nuestro país algunas mañanas tras estallarnos en los oídos las ráfagas de los noticiarios y recibir la sentencia del camarero con el primer café.

El millonario y filántropo norteamericano Warren Buffett observa algo parecido. Sostiene que las crisis económicas agudas desnudan de tal manera a los países que les descubre todas sus vergüenzas. Por esas vicisitudes debe de estar atravesando España. En ocasiones el olor a estiércol es tan intenso que pareciera que le hubiéramos dado la vuelta a las ciudades: las cloacas pasan a ser avenidas y nosotros las ratas.

Cuando algunos pensábamos que los sobresueldos del PP y los saqueos a las cajas, por sólo citar dos asuntos del máximo hedor, parecían encauzarse en respuestas políticas e instrucciones judiciales, sobrevienen como la aparición más indeseable decenas de dossieres sobre otros tantos casos de espionaje en Cataluña y quién sabe si más acá de la raya del Ebro. Ahora se trata de un espía enfurecido contra su empresa de sabuesos el que carga con incontable material de fisgoneo hasta la comisaría para denunciar a sus patrones. ¡Lo que nos faltaba!.

Habíamos asumido con resignación compungida que estas malas (o buenas) noticias las traían contables, tesoreros o gerentes, y también economistas aficionados a distraer ficheros informáticos. Pero estábamos equivocados. El trabajador despechado de la pinkerton catalana Método 3 ha venido para sorprendernos.

El bombardeo de noticias elaboradas con el material de los secretos más oscuros es de tal volumen que nos recuerda a los años salvajes del ¡Váyase, señor González!. Aquellos noventa en los que un emergente Aznar acudía a las manifestaciones en repulsa de los asesinatos de ETA para arremeter contra la organización criminal vasca y el Gobierno en el mismo acto, y algunos periódicos llevaban hasta sus portadas calaveras delatoras. La diferencia está solo en los materiales con los que se fabrican las noticias y se escupen las denuncias pero la estupefacción y la ira son las mismas.

Un país en marcha veloz hacia la pobreza masiva es difícil que digiera bien sobresueldos millonarios en “b” y esos jueguecitos a detectives de las élites políticas, empresariales o periodísticas. Los próximos días acude con retraso de meses el Debate sobre el estado de la Nación. Debería ser este acto la penúltima oportunidad para que acuda la sensatez y se ponga pie en pared. Porque el desvarío presente es tal que el acusado exige decencia al que acusa y denuncia la soldada por el volumen que trae y no por la procedencia.

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