Los resultados de las últimas elecciones generales en Italia están dando ocasión para análisis políticos de gran alcance. Si la situación en el país vecino ya era complicada antes de los comicios, ahora resulta inextricable.

Han pasado de un primer ministro que gobernaba sin haber sido elegido, a un probable nuevo primer ministro que ha sido elegido pero que no podrá gobernar. Bersani tiene voluntad de gobierno y programa de gobierno, pero carece de mayoría parlamentaria y tiene enfrente dos personajes que limitan drásticamente su margen de acción: Grillo y Berlusconi. El primero puede asumir responsabilidades pero no quiere, y el segundo quisiera asumirlas más que nada en el mundo pero no puede. El panorama no puede ser más endiablado.

Precisamente cuando Europa más necesitaba un gobierno italiano progresista, que sumara fuerzas con Hollande para cambiar el rumbo austericida en la economía continental, Bersani aparece absurdamente maniatado por las dificultades de la gobernación doméstica.

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