La rúbrica del zócalo ensuciaba los mármoles del pergamino como si se tratase de un graffiti abandonado en la Atocha de Madrid. El estruendo de los picos en la firma del autor; dibujaba el mismo cardiograma de Martina, mientras buscaba yogures caducados en las afueras de Aranjuez.. La presión de las grafías eclipsaba los bucles que caían desde los puntos de las íes. Los barrotes del garabato impedían vislumbrar el apellido prisionero en la celda de Luis. Mientras la antropóloga decodificaba el mensaje del hallazgo, sus manos temblaban como flanes ante los fogones del ayer. Las sombras de los renglones de aquel antiguo papel, sostenían los mismos forjados agrietados de la Hispania de Rajoy.

A través de la escritura – decía la becaria de la UNED - nuestros pensamientos más ocultos fluyen al papel como un meteorito a la deriva sin el imán de la gravedad. La inclinación de los caracteres  muestra a los ojos del lector: las dudas de  la balanza entre: los proyectos del futuro o los recuerdos del ayer. La separación de las letras indica a las lupas del grafólogo, la mayor o menor predisposición del escritor a descorrer las cortinas que envuelven las infidelidades de su alcoba. La pulcritud de los márgenes y la horizontalidad de las líneas descubre al transeúnte, las prioridades por el orden y la disciplina enfermiza del autor. Los circulitos en los puntos de las "jotas" desnudan al detallista que se esconde detrás del pergamino malherido.

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