En mitad de la semana más negra de la corrupción en España, se coló en Madrid -su epicentro- la presidenta andaluza, Susana Díaz, para traer algo de esperanza a este país que algunas mañanas se asemeja a una ciénaga. Convocada por la agencia Europa Press, llenó hasta la bandera el gran salón de un hotel céntrico. Se cuentan con los dedos de la mano los políticos que hoy consiguen el milagro de atraer. Están tan desprestigiados que ni para esteras serían requeridos. Pero esta mujer tiene una enorme fuerza; también determinación y valentía. Aunque lo más valioso de ella es que en tan sólo un año “de toreo en plazas de primera de la política” se advierte que maneja un discurso robusto y posible.

Comienza por el paro. Sostiene que es uno de los grandes males de Europa y que la UE debe abordarlo con la urgencia y medios con que combatió el mal de las vacas locas o la financiación extraordinaria con la que afrontó la unificación alemana. Cree que España no puede ser conducida por utopismos que nos arrastren a nuevas constituciones, nuevos ideales y nuevos regímenes, sino que bastará con reformar la Constitución, meter a la corrupción entre rejas de acero, haciendo al tiempo de la transparencia de las administraciones un nuevo ideal político. Manifiesta que el papelón de Mas y el quietismo de Rajoy no son nada serio, y proclama que no dejará pasar ni una a Podemos: ella es de izquierdas y ellos se califican a sí mismos “ni de izquierdas ni de derechas”. (Uuuummm)

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