Que sólo un instante, pero en esa milésima de segundo, la cámara del fotógrafo capto la mano del ministro cayendo, por un capricho del destino, transformada en garra sobre el código BIDI que representa los presupuestos generales del Estado para el año próximo que, tengámoslo en cuenta, es año electoral. Un gesto que, si no fue intencionado, sí fue muy expresivo e ilumina para muchos, entre ellos yo mismo, la actitud de este gobierno, demostrada año tras año, ante las cuentas que, en buena ley, deberían distribuir la riqueza que es de todos, entre todos.

Las miremos por donde las miremos, las cuentas del Estado reflejan esa relación patrimonial que la derecha ha mantenido siempre frente al mismo. Así, el ministro, desde su despacho, parte y reparte ingresos y gastos a su entender, castigando y premiando, relegando o primando intereses, según sus afinidades y quereres.

Así, como viene ocurriendo desde que gobierna el PP, ha caído la inversión en la "díscola" Cataluña, del mismo modo que se ha recortado en todo lo que tiene que ver con acortar distancias, en sanidad y, sobre todo, en educación entre los más privilegiados y quienes no han tenido la suerte de nacer en una cuna con blasones. Así, mientras crece en casi un millón el número de familias españolas, afectadas por el paro o la enfermedad, que a lo largo de este último año han tenido que recurrir a las ayudas sociales, privadas o públicas, el presupuesto destinado a ellas se mantiene congelado, del mismo modo que el presupuesto dedicado a las becas Erasmus, las que, según las estadísticas, garantizan una mejor salida frente al paro juvenil, también en el frío.

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