El affaire de Ponferrada con la moción de censura pactada entre ediles del PSOE y el exalcalde popular Ismael Álvarez, condenado en 2002 por acoso sexual, es una gota más que colma en el vaso de la paciencia de quienes están hartos de las aberraciones en el ámbito político de este denostado país, la mala praxis de políticos movidos por dudosos intereses y las actitudes prepotentes o incalificables como el pulso que mantiene el PP con Luís Bárcenas sin que nadie en el partido (y aun menos en el Gobierno) se atreva a llamar a las cosas por su nombre y reconocer que su exsecretario les está chuleando y chantajeando mientras ellos actúan con la cautela propia de quien siente miedo.

Y es que, la cadena de acontecimientos iniciada en 2009 con la trama Gürtel sigue sorprendiéndonos cada día –a quien esto escribe ya le cansa– con unas noticias más y más kafkianas que nos hacen sentir en las manos de delincuentes de cuello blanco y Rolex de oro en la muñeca contra los que nada se puede –nada se sabe, nada se quiere– hacer para restituir la dignidad que el país y la sociedad en general ha perdido como consecuencia de la corrupción.

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