“Reclamo nuestro derecho a rectificar. De hecho, cada vez que tengo noticia de un desahucio me digo: maldita sea, ¿por qué no lo arreglamos nosotros cuando pudimos?”. Esta frase pronunciada por el portavoz socialista en el reciente Debate sobre el Estado de la Nación causó un impacto tan notorio como sorprendente. ¿Es lícito ejercer el derecho a la rectificación en política? ¿Solemos hacerlo?

Tradicionalmente es de común aceptación que el liderazgo en la vida pública conlleva como atributos imprescindibles tener siempre claro qué se debe hacer, jamás reconocer un error y derivar hacia los demás las responsabilidades por lo que se ha hecho mal. Sin embargo, las sociedades democráticas más consolidadas comienzan a valorar sobremanera otros signos de lucidez y eficacia en sus referentes políticos: el admitir una equivocación, pedir disculpas por la mala conducta, o rectificar un criterio o una decisión mejorable.

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