Hay veces que, sólo si parece que todo se hunde, se acepta acometer soluciones. En España hemos entrado en esa fase. Los problemas económicos afectan a los servicios básicos de solidaridad. Los tremendos agobios financieros de algunas comunidades autónomas les llevan a pedir la independencia. Eso hace que algunos partidos políticos tengan que revisar su estrategia histórica. La corrupción alcanza tales niveles que ya nadie duda de que algo habrá que hacer porque ¡hasta el gobierno va a legislar para que un condenado pueda ser dirigente de un banco! Y la Generalitat valenciana se va a convertir en dueña del Valencia Club de Fútbol por una quiebra. Ya no hay manera de impedir una respuesta global.

Lo de la economía y sus consecuencias en los servicios públicos nadie lo razona (que se puede) y nadie aporta modelos diversos de gestionar lo que ahora es más escaso que antes (que los hay).

La corrupción es ya simplemente una forma más o menos inteligente de quedarse con dinero público: pero no hay una respuesta definitiva a un modelo viciado por la falta de ética pública.

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