[[{"type":"media","view_mode":"media_large","fid":"22091","attributes":{"class":"media-image size-full wp-image-340213","typeof":"foaf:Image","style":"","width":"645","height":"320","alt":"Artur Mas en la campa\u00f1a "}}]] Artur Mas en la campaña 'Ara és l'hora' / Foto de la ANC



Presionar a la justicia con algaradas en la calle es algo que viene en los libros de derecho. Ufanarse de burlar a la ley, también. Solamente en caso de un régimen dictatorial se puede disculpar, e incluso ensalzar, a aquellos que se enfrentan al estado.

Pero cuando éstas proclamas salvadoras se producen en un estado de derecho y democrático como el que tenemos, la denominación jurídica es inapelable: intento de golpe de estado. Tanto da si quien lo hace es de extrema derecha o de extrema izquierda. La ley nos iguala a todos, y si la ley es mala, lo sensato es cambiarla democráticamente. Que el poder judicial sea objeto de un pim pam pum entre políticos y que algunos de éstos se aprovechen de la legislación para acomodarla a sus propios intereses es del todo inaceptable para un demócrata.

Lo de siempre
En Catalunya, que padece el vértigo suicida al que ha sido lanzada por la irresponsabilidad de Artur Mas y el tancredismo de Mariano Rajoy, ley y jueces son papel mojado. Ante la comparecencia de los responsables del simulacro de consulta del año pasado, hemos visto como unas cuantas personas se congregaban frente al Palacio de Justicia de Barcelona, jaleando al gobierno provisional de Convergencia. Las consignas eran las mismas de siempre. Todos con el president, queremos la independencia, no puede acusarse a quien se limita a poner urnas para que los ciudadanos se expresen.

Eso decía el falso número uno de Junts pel Sí, Raül Romeva. Tal falacia la desmonta un estudiante de primero de derecho. De entrada, las urnas acaban de ponerse en Catalunya y, por cierto, no le han dado a Mas ésa mayoría que hace años que viene demandando.

En segundo lugar, las urnas se ponen cuando toca y no cuando a uno le conviene. A Mas no le conviene nada que no le sirva personalmente. El es quien lleva a los tribunales a aquellos que cercaron al Parlament, hartos de recortes y de políticas austericidas, porque le va bien.  Los mismos tribunales a los que acuden los suyos junto a Miquel Roca, abogado de una de las hijas del borbón al que tanto denuestan. Mas sonría. Una sonrisa predestinada a helarse en sus labios.


Métodos inquisitoriales al servicio de una sola persona
Los medios controlados por convergencia tienen una consigna clara: todos a defender a Mas. Los apéndices de CDC, léanse Ómnium Cultural y la Asamblea, ANC, también. Los tweets que emiten sus  dirigentes, que ni se ocultan ni tienen por qué, puesto que gozan de patente de corso, son obscenamente sectarios. Congregan a los de siempre y los hacen mover por calles y plazas, dando una falsa imagen de apoyo popular. Los mismos que apoyaban a Jordi Pujol, los mismos que boicoteaban los actos de campaña de los socialistas, los que se esparcen en entidades soberanistas, los de toda la vida. Es la derecha catalana pura y dura, la que da carnets de buenos y malos catalanes, la que mira con aires de superioridad a los que no son suyos, los que no forman parte de su negocio, de sus familias, de su partido.

El sectarismo y la exasperación que se vive hoy en la tierra catalana desde la que se escribe ésta crónica son insufribles. El monotema que se repite a diario en TV3 y Catalunya Radio, a cargo de las mismas y cansinas voces, es brutal, insoportable, vergonzoso. Habrá que escribir algún día la crónica de éstos tiempos, y nombrar con nombres y apellidos a los periodistas que traicionaron a su profesión para venderse al poder.

Mas sabe que tiene compradas a muchas voces públicas, y las emplea sin disimulo. ¿Los alcaldes que van a vitorearlo en el más puro estilo populista? De CDC o afines al proceso. ¿Los “ciudadanos” que lo aclaman como mesías? Militantes de su partido o de partidos seguidistas de su aventura. ¿Las entidades que le prestan apoyo? Subvencionadas con el dinero que le quita a la sanidad o a la educación.

Todos forman parte del clientelismo pujolista que impera en un territorio gobernado por los señoritos de siempre, los que tienen capitales en el extranjero para no pagar impuestos, los que menosprecian a los que vienen de fuera, los que se creen superiores por ser de barrios altos. El pijo conservadurismo que sólo sabe de capitalismo de amiguetes y de que se paguen con caudales públicos los pufos que van dejando, porque por no saber, ni siquiera saben ser empresarios.

Los mismos que, cuando se ponen delante de un juez, ni siquiera tienen el coraje de asumir sus responsabilidades y optan por decir que no han sido ellos, que todo fue cosa de los voluntarios, que el pueblo es el que manda.  Si dependiera de ellos, no habría elecciones. No les gustan. En el caso de Mas es aún más patente. Quiere decidir en los despachos lo que no le da de sí el Parlament.

Es decir, unos anti demócratas.

Miquel Giménez es periodista y escritor. Ha trabajado como guionista en la radio con Luis del Olmo, Julia Otero y Xavier Sardà