El consejo de gobierno emprende la vuelta en trayecto triunfal. Allí donde para el tren la muchedumbre saluda enardecida, asalta los vagones y estruja a los viajeros. En un apeadero de la provincia de Guadalajara, un aldeano alcarreño grita un “¡Viva Gassol!” que los catalanes escuchan a bordo con un nudo en la garganta. No han olvidado que hay otra España. Aquella que persigue caminar unida desde el respeto y el abrazo fraternal entre los pueblos. Es la España que Cataluña siempre ha reconocido y hecho suya. Por fin se apean en Castelldefels para subirse a los coches que los conducen hasta Barcelona. Companys sufre. Ha enfermado en la cárcel y cubre su boca con un pañuelo, pero ya nadie impide que la alegría se desborde. La llegada a Barcelona es indescriptible. Ondean banderas, sombreros al aire, bandadas de palomas, lluvia de flores. Es el delirio. “Visca Companys! ¡Visca Catalunya!”.

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