Este momento se parece al posterior a la muerte de Franco en que ninguna de las cosas importantes que el país tiene pendientes puede hacerlas ningún partido en solitario. Ni siquiera dos partidos en solitario, por grandes que sean o hayan podido ser. Las elecciones del 20 de diciembre, con la más que previsible fragmentación del Congreso, solo confirmará ese diagnóstico. La tan temida fragmentación tal vez no sea la desgracia de tantos temen, sino más bien una bendición en el sentido de que ninguna fuerza significativa, al contrario de que sucede en esta legislatura, dejará de estar presente en la próxima Cámara. Esa presencia de todos es la condición necesaria –no suficiente pero sí necesaria– para mentalizar a todos de que en el acuerdo deben estar todos. Da igual que, en opinión de algunos, pactar no sea deseable en absoluto: tampoco lo era en 1976 para algunos e incluso para muchos, aunque pronto verían todos ellos, todos a excepción de ETA y la ultraderecha, que las muchas cosas importantes que era preciso hacer solo podían hacerse entre todos: quiere decirse, entre casi todos, que es lo que en política ha significado siempre decir 'todos'. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]ENTONCES TODOS QUERÍAN PACTAR; AHORA, NO[/cita] Vuelve la cuestión territorial, si es que alguna vez se fue verdaderamente. Casi 40 años después de entonces volvemos a tener sobre la mesa el mismo problema territorial, aquel que en 1978, al contrario que en 1931, creíamos haber resuelto sacándonos de la manga el Estado de las Autonomías. Tendremos que resolverlo de nuevo, si es posible para 40 años más. Pero el nuevo pacto territorial solo puede alcanzarse si, como entonces, Cataluña y el País Vasco están en él, es decir, si las principales fuerzas políticas catalanas y vascas, así como las poblaciones de ambos territorios están dentro de ese pacto y lo respaldan. No va a ser fácil: basta ver cómo se han tomado en Navarra y Euskadi que Susana Díaz les haya mentado el cupo para hacerse una idea de las dificultades que nos esperan. El gran problema de hoy en relación al pasado es que entonces la mayoría de esas fuerzas y esas poblaciones sí querían el pacto, mientras que hoy hay una porción muy significativa de ellas, sobre todo en Cataluña pero también en el País Vasco, que lo rechazan. Esos son los dispersos y desiguales bueyes con los que habrán de arar los esforzados mozos de labranza que salgan elegidos el 20 de diciembre. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]EL 20-D SE LA JUEGAN TODOS MENOS UNO[/cita] Quién gane el 20-D será importante, sin duda, pero no será lo más importante. Esta vez no. Lo primero porque no ganará nadie: es decir, sí que habrá, naturalmente, uno que quedará primero pero a ese que quede primero no podrá llamársele ganador con propiedad porque, le guste o no, tendrá que compartir los laureles del triunfo con otro u otros. Y no compartir, como suele suceder, simplemente algunos sino todos los laureles del triunfo. Ciertamente, todos se la juegan ese día. Rajoy se la juega porque si no queda primero estará muerto. Sánchez, porque si queda primero tendría que gobernar en condiciones dificilísimas y porque si queda segundo y algo alejado de Rajoy también estará muerto. Garzón porque si IU se queda en las últimas el culpable nominal será él aunque la culpabilidad real sea de toda la organización. Iglesias porque si Podemos no cumple las expectativas no podrá impedir la rebelión a bordo contra el capitán. Ciertamente, a su modo Rivera también se la juega: Mucho más de lo que él cree pero bastante menos de lo que desean los otros: si no es decisivo para formar gobierno se la juega porque no es decisivo para formar gobierno y si es decisivo para formarlo se la juega porque es decisivo para formarlo. En el primer caso el partido podría desinflarse y en el segundo tendría que mancharse. ¿Pero acaso es letal mancharse cuando se gobierna, si precisamente gobernar consiste sobre todo en mancharse? En el caso de los viejos partidos no es letal, pero sí puede serlo en el caso de los nuevos, cuyo reproche principal a los viejos es –justamente– que están manchados. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]HABILIDAD PARA GOBERNAR, PERICIA PARA PACTAR[/cita] Todos ellos salvo Albert Rivera pueden acabar siendo sustituidos al frente de sus partidos, pero –de nuevo– esas virtuales sustituciones podrán ser necesarias para resolver los problemas internos de cada partido pero no serán suficientes resolver los problemas del país. Se avecinan tiempos cruciales en los que, como en todos los tiempos cruciales, será imprescindible ceder para evitar el desastre. Quienes han demonizado la idea misma de cesión tendrán que rectificar su opinión, pero como esa rectificación será buena para todos, los demás simularán no darle mayor importancia. El reto principal de quien gobierne tras el 20-D no será su habilidad para gobernar sino su pericia para pactar. Y no para pactar con quien le garantice la estabilidad parlamentaria, que no será difícil, sino para pactar con quienes no se la van a garantizar. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]SÍ, ESO ES: CAMBIO DE RÉGIMEN[/cita] El país necesita hacer nueva Constitución; crear un nuevo marco institucional; redefinir y clarificar quién manda, en qué cosas manda y en cuáles no; reformar sus criterios de financiación de los territorios; reajustar sus expectativas de prosperidad para el futuro… Ninguna de esas cosas podrá hacerlas un Gobierno en solitario, ni siquiera el formado por una muy inverosímil –pero en todo caso insuficiente para esta tarea– Gran Coalición de socialistas y populares. Lo que hay el 20-D no son unas elecciones, son una nueva muerte de Franco. Lo que viene tras ellas no es una nueva legislatura, sino un nuevo ciclo, una –ahora sí– Segunda Transición: en realidad, el 20-D será el comienzo de un nuevo régimen aunque no lo llamemos así, un nuevo régimen incluso en el caso de que sigamos siendo una monarquía, pues cuál sea la forma de Estado será, en realidad, el menor de nuestros problemas.