Todo estaba (relativamente) tranquilo en las aguas socialistas, últimamente tan propensas a chocar contra sí mismas, cuando en eso que la presidenta andaluza dice en plena campaña electoral que no va a permitir interferencias en su política de pactos. Por fin Díaz daba un titular carnoso de esos que tanto agraden los escuálidos periodistas, y mucho más en campaña, donde no hay que ser un lince para adivinar cuál y cuán poco sabroso será el menú del día. ¿Las palabras de Susana Díaz eran un mensaje al secretario general Pedro Sánchez? Sobra la pregunta: si no lo eran, ya lo son. Si era o no era esa la intención de Díaz al pronunciarlas, es del todo irrelevante. El agitado contexto orgánico del Partido Socialista hace que la advertencia de Díaz tenga materialmente como destinatario a Sánchez, aunque formalmente no lo tenga, es decir, aunque inicialmente no lo tuviera, cosa a su vez difícil de pensar tratándose de la secretaria general de los socialistas andaluces, que en cuestiones de partido no da puntada sin hilo y mide sus palabras más que Kennedy y Kruschev durante la crisis de los misiles. NAVEGANTES SUMERGIDOS Es difícil saber cuál es la intención oculta, si es que la hay, de las palabras de Susana Díaz. Puede que se trate de un aviso a navegantes, sí: el problema es que no se ven navegantes por ninguna parte. No es que no los haya: puede haberlos, sin duda, pero tampoco eso es relevante puesto que los virtuales navegantes no están a la vista del público y por tanto no había por qué alarmar de nuevo a éste alertando de su hasta ahora sumergida existencia. El PSOE andaluz viene muy cuidadoso desde hace al menos un par de meses en relación a Ferraz y Ferraz ha venido pagándole con la misma moneda, amarrados ambos a la prudente divisa ‘¿Verdad que no nos vamos a hacer daño?’ Las divisiones internas de los partidos suelen ser tóxicas en tiempos normales y letales en tiempos electorales. Pues bien: al hacer Díaz la advertencia –unánimemente interpretada como un aviso a Ferraz– de que no permitirá interferencias está, quiéralo o no, resucitando el fantasma de la división y reavivando la hoguera de un enfrentamiento con Pedro Sánchez que ambas partes, si bien a duras penas, habían logrado reducir a cenizas. EL 'OTRO' ESTATUTO DE AUTONOMÍA Díaz no necesitaba esa reafirmación de su autonomía frente al partido que, por lo demás, siempre tuvieron los presidentes socialistas andaluces. Subrayémoslo: no la necesitaba de cara al público, que es lo único que cuenta a diez días de unas elecciones. Su advertencia puede que sea conveniente hacia el interior, pero resulta imprudente hacia el exterior. No se trata ya de que, en campaña, los puñetazos sobre la mesa deban dirigirse a los otros, nunca a los tuyos salvo que la conducta pública de estos justifique el golpe seco y amenazante contra la madera. Se trata, más bien, de que el golpe de Díaz no ha sido propiamente sobre la mesa, sino más bien sobre el agua, y todo puñetazo a destiempo sobre una tersa lámina de agua salpica por igual tanto a quien lo da como a aquellos a quienes iba dirigido. Y como todos pierden y nadie gana, el público no puede dejar de preguntarse: por qué.