Pleno raro en el Parlamento de Andalucía. Raro en primer lugar por su coincidencia con esa especie de final anticipada de la Champions de la política española que fue el debate de investidura de Pedro Sánchez. Y raro en segundo lugar por su propio formato más bien confuso: a mitad de camino entre un Debate del estado de la Comunidad y un Pleno ordinario, pero no siendo ni una cosa ni la otra. Ninguna de esas rarezas autoriza, sin embargo, a restarle mérito al compromiso de la presidenta Susana Díaz de someterse a una sesión de control, por definición siempre incómodas para los mandatarios pero siempre útiles para los ciudadanos. (También, por cierto, el Pleno del Congreso para (no) investir al candidato socialista era raro por cuanto el candidato natural a los laureles presidenciales era Mariano Rajoy, no Pedro Sánchez, sin que nadie sepa muy bien por qué el ganador de las elecciones declinó el ofrecimiento del Rey para intentarlo. Rajoy creyó con esa negativa haber urdido el más astuto movimiento político habido nunca en un proceso de investidura al desconcertar absolutamente a sus adversarios, pero sin advertir que los verdaderamente desconcertados han sido los suyos). El Pleno andaluz de ayer volvió a evidenciar lo que venimos constatando desde hace nueve meses: que esta legislatura respira por la herida del injustificadamente penoso y dilatado proceso de investidura de Susana Díaz. La gestión de aquella investidura ha envenenado toda la legislatura, aunque el envenenamiento primigenio se produjo realmente en el momento de conocerse los resultados electorales, que de un modo u otro y en distintos grados frustraron a todos los partidos, a excepción de Ciudadanos: al PSOE porque esperaba sacar no mucho pero sí un poco más de lo que sacó; al PP porque esperaba sacar no mucho pero sí algo más de lo que sacó; a Podemos porque, pese a haber sacado mucho, esperaba sacar bastante más de lo que sacó; y a Izquierda Unida porque no mereció sacar tan poco como sacó y decidió culpar de ello al adelanto electoral. Todas esas frustraciones, sumadas a la cercanía de las municipales que iban a celebrarse solo dos meses después, dieron como resultado un proceso de investidura ventajista, ratonero y vengativo. El resto de la legislatura está siendo una prolongación por otros medido de aquel proceso del que Diaz salió presidenta. El Pleno de ayer era una manifestación más de ese estado de cosas, que no cambiará hasta que haya nuevas elecciones, aunque tras ellas todo puede empeorar y, de hecho, es muy probable que lo haga. Pues bien, a ese clima fatalmente enrarecido se sumaban los dos errores de la fecha y el formato. Imposible elegir una fecha que ensombreciera más el debate andaluz. En cuanto al formato, el hecho de que no hubiera propuestas de resolución hizo difícil que la presidenta lograra visualizar los nada desdeñables compromisos que puso sobre la mesa o simplemente hacer que se oyeran por encima del doble ruido ambiente: el ruido actual de la investidura de Sánchez y el ruido retrospectivo de la investidura de Díaz.