El Partido Socialista anterior a la llegada de Susana Díaz a la Secretaría General de Andalucía jamás se habría planteado que un alto cargo debiera dimitir simplemente por haber sido imputado por prevaricación. ¿Dimitir por una imputación absolutamente provisional, que puede que ni siquiera acabe en procesamiento y por un asunto donde no ha aparecido ningún indicio de corrupción, si acaso de fallos, discrepancias o irregularidades que deberían esclarecerse en la vía contencioso-administrativa y no en la penal? ¿Dimitir por eso? ¿Estamos locos o qué? Así pensaba el viejo Partido Socialista. Así siguen pensando, de hecho, muchos dirigentes de la generación política de Felipe González. El pensamiento orgánico socialista no estaba, por lo demás, muy lejos del pensamiento generalizado en la propia sociedad. Jamás hasta esta nueva y vigorosa etapa de la hasta ahora escuálida Historia Española de las Responsabilidades Políticas había dimitido un alto cargo del PSOE por prevaricación. Y por cierto: tampoco de Izquierda Unida, y ahí está para demostrarlo el caso Mercasevilla y la imputación Antonio Rodrigo Torrijos en vísperas de las municipales de 2011 en las que fue candidato por Sevilla. De los altos cargos populares ni hablamos: solo cuando los encarcelan decide el partido ponerse serio y suspenderlos de militancia, aunque ello no le impida seguir pagándoles sueldos millonarios o mandándoles tiernos SMS. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]BUENOS TIEMPOS PARA LA ÉTICA[/cita] Los tiempos y las sensibilidades están cambiando, sí, pero no suelen cambiar solos. Hay que ayudarles a hacerlo. La crisis económica ha ayudado: está siendo tan brutal, tan pavorosa y con unos costes económicos, psicológicos, personales, familiares y profesionales tan elevados que la gente ha decidido pasarles la factura a los grandes partidos de la Transición. Los apuros del PSOE para formar mayorías de gobierno y su drástico descenso en las preferencias electorales han obligado a sus dirigentes a ser mucho más severos consigo mismos, de manera que pecados que antes se saldaban con un par de avemarías que ni siquiera tenías que rezar si nadie te vigilaba, hoy merecen el destierro del pecador a las tinieblas exteriores de la dimisión y el oprobio. El buen olfato político de Susana Díaz le decía desde hace mucho tiempo que era precisa una vuelta de tuerca en las relajadas exigencias éticas dentro del Partido Socialista. A Díaz le cabe el mérito de estar cambiando, y con un importante coste, la cultura orgánica del PSOE andaluz en estos asuntos, pero la presidenta sabe que todo tiene un límite: el cuchillo de las responsabilidades políticas no puede ser ni tan romo como para no cortar nada ni tan afilado como para hacer sangre al más leve contacto con la tibia carne. Antes estábamos en el primer caso y ahora caminamos hacia el segundo. Cuidado, pues, con la ética, que cuando se pone estupenda resulta insaciable. Pero esa vuelta de tuerca de Díaz no ha sido gratis, ni en lo personal ni en lo político: para la presidenta andaluza fue muy doloroso tener que mostrar a honorables líderes históricos como Chaves o Griñán la puerta de salida del Congreso o el Senado sabiendo como sabía que ninguno de los dos expresidentes tiene nada de que avergonzarse, aunque sí tengan cosas de que arrepentirse. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]EL AMAÑO INVEROSÍMIL[/cita] Es la misma puerta de salida de acaba de ver la directora general de Minas, María José Asensio, imputada por un delito de prevaricación que, penalmente, está cogido con pinzas. Formalmente, Asensio ha dimitido; materialmente, ha sido destituida, pero el verbo destituir no recoge bien los matices del caso. El castellano no admite la forma pasiva para el verbo dimitir, pero tal vez debería hacerlo: entonces podríamos decir que Asensio ‘ha sido dimitida’, que suena raro pero es lo que realmente ha ocurrido, como parece sugerir el hecho bastante insólito de que vaya a ser repuesta en su cargo si todo se aclara. La presidenta andaluza hubiera preferido no hacerlo, pero su pacto de investidura con Ciudadanos va en serio, y en esa seriedad entra que alguien formalmente imputado por corrupción tiene que dejar su cargo. Lo sugestivo, o cabría mejor decir lo paradójico por no decir lo doloroso, del caso de María José Asensio es que su implicación en una trama corrupta junto a media docena de funcionarios para amañar el concurso minero de Aznalcóllar es del todo inverosímil: lo piensa, pero no puede decirlo, incluso la oposición. Es más: la propia existencia de una trama de funcionarios y políticos para amañar un concurso impulsado con toda solemnidad por el propio Parlamento de Andalucía y sobre el cual estaban puestas todas las miradas resulta a su vez igual de inverosímil, como también se teme la oposición aunque tampoco no pueda decirlo. Es precisamente esa inverosimilitud compartida la que explica el extraño formato que ha tenido el adiós de Asensio, que se despide de la Dirección General de Minas, pero no se va muy lejos; de hecho, se queda en la puerta. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]INSTRUIR, INVESTIGAR, RETRANSMITIR[/cita] ¿Significa eso entonces que la justicia está ella misma amañada o que la Policía está engordando artificialmente la causa? Esta posibilidad no es menos inverosímil que las anteriores. La UDEF y la magistrada Patricia Fernández intentan, simplemente, hacer su trabajo, que es aclarar si hubo algo de lo que la empresa perdedora del concurso denuncia que hubo. La justicia está haciendo con Aznalcóllar lo que suele hacer siempre: la diferencia es que su trabajo está siendo retransmitido prácticamente en directo y eso ocasiona importantes distorsiones en la percepción pública del caso, al tiempo que provoca en las personas investigadas daños colaterales de mucha gravedad o, en ocasiones, sencillamente irreparables. Pero el juego es así y lo hemos inventado entre todos: alguna vez habrá que cambiarlo para que no se siga infligiendo tanto daño a tanta gente durante tanto tiempo, pero nadie sabe muy bien cómo hacerlo. La gestión política de los ERE en el pasado reciente y de Aznalcóllar ahora se asemeja a ese cuchillo demasiado afilado que corta más de lo debido, pero que no puede hacer otra cosa: el público pide sangre y hay que dársela. ¿Y por qué hay que dársela? Porque tiene razón al pedirla, porque le sobran razones para pedirla. Por eso hay que dársela. Susana Díaz lo sabe; otros dirigentes políticos, no. Todavía.